Amenazas a la democracia

Los electores, incapaces para modificar los distritos y no gustándoles cómo están formados, probablemente se verán inducidos a abstenerse o a dispersar su voto, con el grave peligro de convertirlo en voto inútil. El peor enemigo de la democracia mexicana es la existencia de partidos que (tanto a nivel nacional como local) están estructurados verticalmente y regido, en su dimensión electoral, por el sistema de listas «cerradas y bloqueadas». Todo ello puede ser un obstáculo «institucional» para la eficaz participación electoral de los ciudadanos. Debería haberse pensado todo esto muy detenidamente cuando se lleve a cabo la reforma de la Ley Orgánica del INE. El pluralismo social y el pluralismo político son fenómenos de las sociedades de masas: recientes por lo tanto. Sin embargo, no por ello ha aumentado el nivel de participación política. Rokkan, en su obra La participación de los ciudadanos en la vida política, ha demostrado que el fenómeno del apoliticismo amenaza hoy a las sociedades industriales y democráticas. La participación efectiva o no en la vida política, puede ser debida no sólo a factores sico-sociológicos, sino también a factores institucionales, es decir, a la estructura y modo de funcionamiento de las instituciones de un régimen determinado, pues, como dicen J. Meynaud y A. Lancelot, no todos los regímenes políticos tienen la misma concepción del papel que corresponde a los ciudadanos. A este respecto, se distingue fácilmente la «democracia» de la «autocracia», en cualesquiera de sus formas, es decir, bien sean de derechas o de izquierdas; la primera se basa en la participación y tiende a suscitarla; la segunda, en la abstención o en la apatía. La máxima participación aparece, en principio, en una democracia directa, donde la totalidad de los ciudadanos decide la política. En la democracia representativa, la participación de los ciudadanos es necesaria, ya que sólo así se evitará que el gobierno del pueblo y por el pueblo degenere en gobierno del pueblo por un puñado de inamovibles. Otros factores institucionales pueden influir en la participación política, como el régimen jurídico de las elecciones, el sistema electoral…, los distritos cerradas y bloqueadas y la pureza y limpieza antes y durante el proceso electoral. J. Meynaud y A. Lancelot enumeran como factores del «apoliticismo», junto con los anteriores citados, los siguientes: a) La mala reputación de la política; c) Los riesgos encubiertos, pero reales en las democracias pluralistas; c) Los sentimientos de impotencia del ciudadano ante la política. Pero la carencia de cauces «eficaces» de participación pública es uno de los factores institucionales decisivos que provocan el apoliticismo. Cuando esto sucede, la política queda reducida a cosa de pocos, y las instituciones políticas pierden sustancia y contenido. A los anteriores factores hay que añadir otros. Al ciudadano, aquí y ahora, no le queda más salida que participar, ¿Por qué? Es bueno recordar las sabias observaciones que hiciera Montesquieu en su libro El espíritu de las leyes. Afirmaba que la libertad política del ciudadano quedaba garantizada en tanto en cuanto los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) estuvieran divididos en varias instituciones. O lo que es lo mismo, la no participación del ciudadano en las elecciones puede implicar, o el repudio al juego democrático, o una carencia absoluta del sentido de la responsabilidad y de la prudencia política. No participando -y normalmente la derecha es la que suele arrojar mayor índice de abstencionismo-, el «ciudadano de derechas» favorece la existencia de un partido predomínate que, sea cual sea su ideología, siempre es perjudicial para la existencia de un correcto y dinámico juego democrático. Votando a la oposición, aunque no le gusten los distritos prefabricados, está posibilitando la existencia de una oposición eficaz que pueda frenar a los gobernantes en turno. De esta manera quedará garantizado el principio liberal de que el poder dividido es menos poder; de que la división de poderes, es decir, la no concentración de poderes en manos de un solo partido, es la mejor garantía de las libertades y derechos del ciudadano. Y, por otra parte, participando, el ciudadano conseguirá la consolidación de la democracia pluralista, tanto a nivel local como a nivel nacional. La democracia pluralista y social, a nivel nacional, es -debe ser- la resultante de las democracias locales y estatales, y no al revés. Para conseguir estos objetivos se hace imprescindible que se evite o palie, dentro de márgenes razonables, la apatía política y el abstencionismo electoral, pues la apatía y el abstencionismo son enemigos de la democracia -que es participación de los ciudadanos en la cosa pública- y aliados de todo tipo de régimen autocrático. “si quaeratur honos, non fugiatur onus” Si se busca el cargo, no se rehúya la carga.

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