Diálogos con México

3/10/2018

Que haya tantísimas versiones sólo explica que nos acercamos al ser de México con ideas preconcebidas, con el juicio de lo que deseamos que sea hecho.

¿Es México un misterio histórico? Desde luego es bien cierto que México no acostumbra a comportarse como se espera de él. La reacción de México ha sido y es siempre imprevisible, pero ahí no podemos quedarnos. No es una respuesta. ¿Por qué es imprevisible México? Porque para prever algo hay que conocerlo bien y a México no lo conocemos los mexicanos ni poco ni mucho.

Con esto hay que terminar del único modo posible: Hablando mucho de México. Pensando mucho en México. A poco que lo intentemos, puede resultarnos apasionante. Conocer su historia es básico (y por eso no la enseñan ya), pero más aún preguntarse siempre por qué han llegado a suceder los acontecimientos que nos han traído hasta este punto negro. Hasta aquí tiene México algo de inevitable que al principio nos puede asustar.

Pero sólo hasta comprender que la única posibilidad de un futuro grande y pleno pasa por la interpretación exacta de por qué suceden las cosas aquí. Cuantos más hombres se preocupen de ello, más cerca estaremos del éxito. Pensar, pensar y pensar, para poder actuar. Conocer, conocer y conocer nuestra realidad para conseguir dominarla.

La tarea no exige grandes inversiones económicas ni esfuerzos sobrehumanos: leer, comentar con los amigos, hacerse preguntas. Eso es todo lo que necesitamos hoy para triunfar. En cuanto empezamos a hablar de México, descubrimos algo fundamental: que existen muchas versiones de él y que, además, han existido muchos Méxicos. Todos conocemos al político que aplica al desarrollo de México criterios económicos y habla, por ejemplo, de cómo el México industrial se impuso a la agrícola y del modo en que la pobreza influyó.

Lo terrible es que este político no considera otras realidades distintas; se niega a hacerlo y, por lo tanto, se engaña. Hay quien sólo considera a México una aventura espiritual, que lo es, pero no exclusivamente. Para él sólo cuentan la fe y los santos, los esforzados y los místicos, pero olvida a los traidores y a los conspiradores, a los extranjeros y, ¿cómo no?, a los vende-patrias. Que haya tantísimas versiones sólo explica que nos acercamos al ser de México con ideas preconcebidas, con el juicio de lo que deseamos que sea hecho.

El superviviente comunista se obstina en ver una sucesión de clases dominantes, dueñas, según las épocas, de los medios de producción: monarca, nobles, clero y burgueses esclavizando a un pueblo sin carácter y sin inteligencia. ¡Vaya! Otros creen que México es una pura casualidad, una buena o mala suerte. Hay quien intenta la versión a través de las razas y su mezcla: Hispanoamericana.

Y aún otros lo explican todo con la geografía en la mano para opinar que tales cosas nos suceden por vivir donde lo hacemos: no hay otra razón. Que haya tantísimas versiones sólo explica que nos equivocamos muchísimo, porque sólo puede haber una razón auténtica. Pero ¿cuál es? Ni sólo la geografía, ni sólo el poder de una clase, ni sólo las invasiones ni sólo la raza. Todo ello unido explica algo mejor nuestros problemas, que han sido muchos, desde el aislamiento que nunca lo fue del todo, hasta nuestra religión.

Cuando seguimos hablando, acabamos por tener la sensación de que en realidad nos preguntamos por quién tiene la culpa de que México sea así, y esa no es una actitud muy positiva, por más que es muy nuestro eso de intentar echarle a alguien la culpa de todo. ¿Y adónde nos conduce? A engañarnos. México no es una culpa ni un fracaso por el simple hecho de no ser como otras naciones. México no es un error.

No puede serlo, porque los errores históricos de un pueblo se pagan con su desaparición, y eso todavía no nos ha sucedido a pesar de los intentos de los partidos. Lástima que se piense así, porque significa que año tras año, siglo tras siglo, nos negamos a aprender de México. ¿Sentimos a México como fracaso? Muchos, sí. ¿Sentimos a México como éxito? Nadie lo hace ahora, desde luego. A veces somos capaces de ver, casi con claridad, el México de una época, pero esa ya no es nuestro México de hoy, que es siempre mucho más, que ha crecido en muchas otras direcciones.

Quizá lo que de verdad importe sea dar con el motor de México, con lo que la mueve. Antes ya dije que sigo creyendo que hay uno fundamental: su necesidad de independencia. Tal vez no sea el único. Es más: algo tan grande como México no puede depender de una sola fuerza para empujarse hacia el destino. Nunca hasta la fecha he encontrado a nadie que tratara de interrogarse con el problema de la cantidad de México. Quiero decir que México puede ser mucha, algo o poca, y que esto ha de ser analizable. Y no vivir de una ideología del siglo XIX, menos de partidos del Siglo XX, sino vivamos de los actuales mexicanos del siglo XXI. Sapere aude. “Atrévete a saber”.

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