Epidemiología de la corrupción

 

 

El régimen está herido de muerte. Y el agente patógeno que está acabando con su vida no es tanto el deterioro de sus instituciones (Gobierno Federal, Constitución, sistema electoral, partidos políticos) sino el contagio virulento de una epidemia incurable de corrupción política: el ébola de la democracia. La tipología de la epidemia es multiforme, afectando a sectores muy diversos. Existe una corrupción de la clase política de cualquier partido, concentrada en los múltiples cohechos y el tráfico de influencias coprotagonizados por la banca, las grandes empresas y el sector de la construcción y las infraestructuras, siendo su emblema la privatización de los servicios públicos y las puertas giratorias entre. Hay otra corrupción manifestada por la redistribución de fondos públicos entre las redes clientelares de los movimientos sociales afines, Es esta la clase de corrupción en la que también está cayendo el clientelismo político. Y luego está la corrupción centrada o transversal, que afecta por igual al PRI, PAN o PRD. Ante todo, la financiación multimillonaria de los partidos, ese magma ignoto que surge del subsuelo para realimentar el ansia insaciable de una clase política adicta a la mercadotecnia electoral y a la first class. Después, el suelo inagotable de la política local, donde los eternos caciques de toda la vida se lucran con ese pozo sin fondo del que mana sin tasa el dinero negro procedente del ordenamiento urbanístico y la recalificación de terrenos. Y por último, la corrupción corporativista de los incentivos a la concertación social, es producto de la fisiopatología de esta enfermedad que por necesidad es mortal. No hay duda de que estamos ante una crisis existencial, pues está en juego el ser o no ser de nuestro sistema. O erradicamos la corrupción e impunidad, o su efecto degenerativo acabará con nuestra democracia. ¿Qué hacer? La solución pasa ante todo por la estricta separación entre Gobierno y Estado, prohibiendo las puertas giratorias entre el poder político y la función pública para lograr que ésta sea imparcial e independiente, evitando su politización partidista. Y después, estrictos controles de la corrupción, tanto preventivos (por la Intervención General del Estado, que debería supervisar también a partidos, sindicatos y demás instituciones públicas) como sancionadores (potenciando la Inspección por el SAT y la Fiscalía Anticorrupción y refundando otros tribunales útiles). Pero con ser necesarias, esas medidas no son suficientes, pues además la ciudadanía deberá exigir a sus representantes que arranquen la corrupción de sus filas. Que nunca más los ciudadanos vuelvan a encubrir con sus votos a unos políticos que infectan a los demás su propia corrupción, (que es eso de pedir “moche”, Srs. legisladores) A la cabeza de los objetivos de la sociedad mexicana debería situarse la recuperación de la confianza en las instituciones de la democracia. Hay que dar respuestas a los sufrimientos sociales, al malestar de la gente con la impunidad, corrupción y al grave problema que representa la crisis de inseguridad, al brutalismo de los asesinatos. Salir de la espiral de la desconfianza, exige que el Presidente y su equipo planteen una real y efectiva estrategia. Hoy por hoy, la propusieron con pipa y pompa. La Federación está cada día más ausente y el Gobierno es cada día más invisible. Faltan ideas y no existen atisbos de que estas vayan a llegar, en un clima que, cuando apenas el segundo año de mandato, el Ejecutivo debe ofrecer de inmediato soluciones para los graves problemas que el país enfrenta. Aún así, su principal responsabilidad tiene que ser afrontar los problemas de México, es decir, todo lo que tiene que ver con la desvitalización de la política institucional y representativa, de la que, la Clase Política es en parte responsable, de la terrible crisis que cursa la patria… ¡Todos somos Ayotzinapa! “Raeterita mutare non possumus” No podemos cambiar el pasado.

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