La ignorancia y nuestras elecciones

5/03/2018

Los integrantes de la clase política mexicana viven en un lugar donde no opera una ley básica de la física: la ley de la causa y el efecto. Así de simple y así de claro. En el mundo en el que ellos viven los actos no tienen consecuencias; todo se puede y todo se vale; todo es posible, pues de sus acciones y omisiones no se derivan efectos que los toquen. El universo espacio-tiempo en el que deciden, actúan o no nuestros políticos es uno separado del que habitamos el resto de los mortales. Se trata de un pedazo de mundo en cuyo perímetro se alza, imponente, una muralla impenetrable.

La muralla en cuestión les ofrece a los habitantes de ese tramo del universo impunidad completa, impunidad a prueba de todo, impunidad redonda y resistente a cualquier cosa, incluido el tiempo. Apertrechados al interior de ese espacio, los políticos mexicanos gozan de una libertad extremadamente peculiar. Una libertad que no le rebota al que la ejerce. Una libertad en la que las decisiones afectan a otros, pero nunca al que las toma. Una libertad que es pura causa, sin efectos para aquellos que la usan, la gozan y la ejercen. No es nuevo el cerco de impunidad en él vive nuestra clase política.

Los orígenes de ese estado de cosas se pierden en el tiempo largo de la historia. Lo nuevo hoy de ese lugar más allá de las leyes de la física en el que departen, actúan, callan y duermen los políticos del país es que está más visible y es más costoso para todos. La impunidad se alimenta aquí y en cualquier lado de dos cosas fundamentales: oscuridad y poder. La impunidad florece al cobijo de la opacidad. Donde nada se sabe con certeza, donde todo es vago y ambiguo, donde la luz no pega, crece a sus anchas esa libertad espuria que no tiene que hacerse cargo de sí. El otro pilar de la impunidad es el poder mayor del impune frente al de aquel o aquellos que quisieran resistírsele o pedirle cuentas.

En estas tierras como en tantas otras, ese poder de los impunes es un amasijo complejo que incluye la coacción, pero no se agota, en absoluto, en ella. Ese poder impune se basa en la fuerza, sí, pero también en la connivencia, en la ignorancia, en la complicidad, comodidad e indiferencia de muchos de los que vivimos bajo su imperio. “La clase política de México en general, no está a la altura de las circunstancias”. Crítico, pero esperanzado: “Mientras haya una cantina en una esquina, donde puedan reunirse a conversar y soñar, el mexicano sobrevivirá”. Molesto, pero con ganas de contribuir para mejorar nuestros tiempos:

“No hay ninguna ideología que mueva a los oprimidos, a los pobres, a los parias de la Tierra. La revolución de ahora solo puede ser la de la desesperación, la del rencor, la del ajustar cuentas”. Y, además, desdobla el entuerto que existe entre el poder y el narcotráfico: “Es hipocresía, por eso yo dudo mucho de la eficacia de esa lucha porque significaría tener que exterminar a sus propios socios, a sus aliados, a sus amigos de comidas y de negocio se supone que, para ello, habrá de elegirse a un grupo de personas versadas en administración pública, con un historial de vida intachable, que sea poseedor de valores morales, éticos y sociales que lo distingan ante la sociedad como uno de los mejores.

Veo también, desde ya, actores oportunistas, poco preparados que buscan aprovechar las condiciones actuales de nuestro país y del escenario político para acceder de forma fácil al poder en sus niveles, estatal y Municipal, así como los poderes Ejecutivo y Legislativo. Tomando como base los resultados de las anteriores elecciones, manifiesto mis serios temores y preocupación cívica y que, en un futuro, relativamente corto, nos demos cuenta de que es demasiado tarde para reaccionar. Para entonces, lamentarnos no será suficiente…

La ignorancia de la ciudadanía (ya lo comento también Vargas Llosa) acerca de los aspectos políticos, económicos y sociales fundamentales en una sociedad, la inhabilita para elegir entre las diversas propuestas. Este sistema fue denominado por el historiador griego Polibio como “OCLOCRACIA”. Esta ignorancia haría que las decisiones tomadas por la gente fueran erróneas en la mayoría de los casos, al no estar basadas en conocimientos suficientes acerca de los candidatos.

Reconozco que los defensores acérrimos de la democracia, argumentan que la ciudadanía no es ignorante, y achacan ese tipo de críticas al interés que tienen las clases poderosas de anteponer el autoritarismo a los intereses de la gente. ¿No será que la clase política promueve la ignorancia de la ciudadanía para lograr objetivos personales? ¿E inclusive el SAT y la PGR al servicio de un partido político? Fama crescit eundo “el rumor crece viajando

Tomas Bermudez Izaguirre
Comentarios: tomymx@me.com

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