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Author Fecha 7/01/2012

Dios nos ha hecho participes de su proyecto de amor, al permitirnos el don de la vida en una familia muy concreta en la que nos vinculan los lazos de la carne y de la sangre. Misma que desde las más profundas convicciones, nos acerca permanentemente en su esencia a celebrar juntos la Fe y a reivindicar los más grandes valores, destacando de manera particular la promoción de la cultura de la vida en todas sus formas.

Las familias duranguenses, nuestra propia familia, son sin duda  verdaderas escuelas de valores y virtudes. Podemos resaltar muchísimas luces que destacan en el quehacer de la vida de nuestras familias. Pudiéramos decir tantas cosas que nos reivindican como un pueblo cuyo arraigo es a la familia y sus sanas tradiciones, esto por mucho representa la esencia de nuestra identidad, y garantiza la esperanza de poder salir adelante como sociedad y como país. De los grandes valores que ésta gran escuela duranguense practica entre sus hijos, se destaca el valor de la solidaridad. La familia duranguense es solidaria. Por ejemplo, si a alguno de sus miembros le va mal, si tiene algún percance, si perdió el empleo, generalmente encontrará apoyo en la familia. Esta solidaridad, generalmente, solo se expresa en situaciones límite. Las tragedias, los grandes problemas, nos mueven a ser solidarios con la familia. En cambio, problemas menores, pero tal vez continuos, no despiertan la misma solidaridad. Tal sería el caso del cuidado de los ancianos y los enfermos crónicos, cuyas situaciones no están en el límite, y que no generan tanto apoyo. También es cierto que esta solidaridad se ve más clara en los problemas de tipo material: enfermedades, económicos, muertes. También se da en las penas que todos sufrimos. La familia siempre es el hombro en el que podemos llorar y en donde se nos comprende y consuela. No es, por desgracia, igual de fuerte esta solidaridad en los temas de tipo espiritual, donde tendemos a no intervenir o apoyar, a menos  que explícitamente se nos pida.

La tendencia es a que la solidaridad baje en la jerarquía de valores del mexicano, lo mismo que está bajando el valor de la unidad familiar, en la medida que el aprecio por lo material está subiendo en nuestra jerarquía de valores. En efecto, la solidaridad nos hace desprendernos de lo nuestro en beneficio de otros. Tal vez no siempre sea dinero lo que damos; a veces es tiempo. Pero una actitud de valorar el bienestar material por encima de otras cosas hace que desarrollemos una manera de ser donde la solidaridad se valora menos. En este tema, a veces la solidaridad se expresa más en términos de tiempo, del tiempo que damos a los demás. En la medida que lo material sea el valor de mayor jerarquía, también daremos menos de nuestro tiempo. Después de todo, tiempo es dinero como dice el refrán. Pero también es bienestar físico, es descanso, es un espacio para nuestra diversión y placer personal. La solidaridad entendida solo como apoyo en situaciones difíciles, es incompleta. La mayor medida de la solidaridad se da cuando damos nuestro tiempo, nuestra atención, nuestro cariño, a quién lo necesita y, si se requiere, también un apoyo material.

Valoremos nuestras familias, La Sagrada Familia es y será siempre nuestro modelo a seguir en la vivencia del Amor, que se practica en ella particularmente en grata solidaridad. Otros valores como la unidad y la mutua comprensión entre sus miembros a pesar de la propia adversidad. La Virgen María su esposo José y el niño Jesús, nos regalan esta majestuosa lección, para enseñarnos que el Amor más creíble es el que se prodiga sin medida a todos sin distinción de credo, razas, ni condición social. Es el Amor mismo de Dios que ha de estar como en esta Familia Sagrada en el centro y es luz que irradia y esclarece el diario caminar.

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