Author Fecha 20/07/2011

Nota del editor: Esta es la segunda de dos historias enfocadas a la violación sexual como herramienta de guerra. La primera historia trata del papel de los entrevistadores de víctimas de violación. Ambas historias contienen imágenes fuertes por lo que se recomienda discreción.

(CNN) — Los soldados vinieron por ella durante la noche. Llevaron a la niña a una barraca y la obligaron a ver que violaban a una mujer.

Entonces los hombres borrachos soltaron a un perro para que destrozara los  pechos de la mujer violada. La sangre estaba por todas partes. La mujer se desmayó.

Derramaron alcohol sobre ella. Reían y dijeron que la matarían.

Más tarde su hermana la limpió pero no hablaron de lo que había sucedido. Nadie hablaba de esas cosas. No tenían que hacerlo o tal vez no podían.

¿El Congo? ¿La ex Yugoslavia? ¿Libia? Estas acusaciones podrían haber surgido de conflictos en cualquiera de estos lugares.

Historias como ésta tienen el poder de provocar un shock incluso entre aquellos que piensan que saben la historia del Holocausto. La razón: no se han discutido ampliamente.

¿Eso se debe a que las víctimas no comparten estas historias? ¿Los entrevistadores no hicieron las preguntas correctas? ¿O es que las influencias, tanto dentro de la academia como de la comunidad judía, han servido para barrer estas cuentas bajo la alfombra histórica?

Un creciente movimiento quiere desprender esa alfombra. Los estudiosos están revisando los testimonios y documentos viejos y buscando otros nuevos. Los autores han publicado obras que inspiran a la conversación. Los psicólogos quieren ayudar a los sobrevivientes a curarse de sus secretos. Activistas, como la escritora feminista y organizadora Gloria Steinem, esperan que estas víctimas de un lejano pasado puedan ayudar a forjar un mejor futuro.

Pero el tema de la violencia sexual durante el Holocausto está lleno de controversias. Algunos observadores creen que es un tema no lo suficientemente generalizado o probado para garantizar la atención general. Otros temen que es impulsado por una visión microscópica que desvía el foco de lo que hay que tener en cuenta. Otros piensan que impulsar el tema puede dañar a los sobrevivientes, quienes ya han sufrido bastante.

En lo que todo el mundo puede estar de acuerdo es: cuando se trata de aprender de aquellos que sobrevivieron el Holocausto, el tiempo se acaba.

Discusión e interrupción

Un punto de atención sobre este oscuro tema se iluminó  a finales de 2010 con la publicación de un libro con un título sencillo pero revelador: La violencia sexual contra las mujeres judías durante el Holocausto.

La antología interdisciplinaria aborda de todo desde la violación, la prostitución forzada y la esterilización hasta los traumas psicológicos, problemas de identidad de género y las representaciones de la violencia en las artes. Coeditado por Sonja Hedgepeth y Rochelle Saidel, se cree que es el primer libro en inglés que se centra exclusivamente en este tema.

Hedgepeth es profesora de lenguas extranjeras y literatura en la Universidad Estatal de Middle Tennessee. Saidel es una politóloga, autora, fundadora y directora ejecutiva del Instituto Recuerde a la Mujer en Nueva York.

Estas dos mujeres esperan que su libro provoque un debate serio e investigaciones. Sin embargo, ha sido consecuencia, al menos en parte, de mantener en silencio.

Mientras dirigían un taller para maestros hace cinco años en Yad Vashem, el monumento oficial del Holocausto de Israel, la pareja planteó el tema de la violencia sexual contra las mujeres judías. Cuando Saidel,  autora del libro Las mujeres judías de campo de concentración de Ravensbrück, mencionó la violación en el campamento, un importante estudioso del Holocausto la interrumpió.

“Usted no puede decir eso. … ¿Dónde está la prueba?”, recuerda Saidel que el hombre dijo. “Él seguía repitiendo esto cada vez que me topaba con él”. Saidel declinó mencionar su nombre.

Ella y Hedgepeth se habían estado reuniendo con académicos más jóvenes en todo el mundo para discutir este problema, en los Estados Unidos, Israel, Austria y Alemania. Ellas sabían que los testimonios de violación quedaron registrados. Ellas sabían que si algunos eruditos se opusieron a su trabajo, era porque probablemente había razones por las cuales ellas debían continuar.

Cuando se trata del Holocausto, lo que es aceptable para el estudio es que se ha “institucionalizado”, dice Hedgepeth. “Algunos temas son sancionados y otros no.”

Ajustarse a una narrativa

Estrellas amarillas. Guetos. Vagones para ganado.

Campos de concentración. Cámaras de gas. Crematorios.

Estas son las imágenes que tradicionalmente vienen a la mente cuando pensamos en el Holocausto.

De los estimados 15 millones de civiles asesinados por el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial, sólo los judíos fueron objeto de exterminio sistemático. Esto no significa que otros grupos como los Testigos de Jehová, los sintis y romas (gitanos) y los homosexuales,  no fueron también víctimas, pero la “Solución Final” fue ideada para aniquilar a judíos.

Al final de la guerra, seis millones de ellos habían desaparecido, alrededor de dos tercios de los judíos europeos y un tercio de la población judía del mundo. Esto es lo que se conoció popularmente como el Holocausto o, en hebreo, la Shoah.

En los años posteriores, impulsados por el tantas veces escuchado mantra “Nunca Más”, los historiadores han dedicado sus vidas al estudio del Holocausto. Museos y monumentos surgieron en todo el mundo. Documentales y películas sobre la Shoah han ganado los elogios. Las memorias y los diarios más vendidos se convirtieron en lecturas asignadas en las escuelas.

Con todo lo que se ha aprendido y discutido, el grado en el cual la violencia sexual se inscribe en la historia del Holocausto sigue siendo un punto de debate.

“No tengo ninguna duda de que algunas mujeres fueron violadas”, dice Lawrence L. Langer, un eminente estudioso del Holocausto. Pero mientras que la violación es, sin duda, importante para las víctimas, “la importancia histórica es muy pequeña en el contexto de la experiencia del Holocausto”, dice Langer. “Para que la violación fuera un parte importante de la narrativa, los números tendría que ser de miles o decenas de miles. Nunca sabremos con qué frecuencia pasó”.

Myrna Goldenberg, otra estudiosa y autora, está de acuerdo en que las historias de violación deben ser contextualizadas y que su alcance no debe ser exagerado.

“Tenemos que seguir diciendo que esto no era la norma. Este no fue el Holocausto. El asesinato de judíos fue el Holocausto”, dice. “Sin embargo, está mal asumir que el tema es intocable. Las mujeres fueron torturadas y violadas. ¿Cómo no hablar de eso? ¿Cómo no reconocerlo?”.

Voces emergentes

El camino de esta discusión ha sido pavimentado por acontecimientos que sólo se ven con el paso del tiempo.

Los hombres constituyeron la mayor parte de las personas que entrevistaron a los sobrevivientes en los primeros 40 años después de la guerra, dice Goldenberg, y ellos pudieron haber sido reacios a plantear la cuestión de la violación. Pero después de que las violaciones masivas durante la guerra de Bosnia de la década de los 90 salieron a la luz, dice, algunas sobrevivientes del Holocausto comenzaron, cuando ella se los pedía, a compartir sus propias historias, en voz baja y fuera del alcance del oído de sus maridos.

Otras historias surgieron en los últimos años en escritos.

Aunque la violación no era la norma no debe ser ignorada, dice la estudiosa del Holocausto Myrna Goldenberg. Surgieron diarios en los que soldados y testigos documentaban las violaciones durante los actos violentos. Detalles de las acciones de los nazis contra los judíos fueron relatados en los libros de los escritores soviéticos, antes de ser suprimidos por José Stalin y redescubiertos décadas después.

Estas publicaciones largamente escondidas incluyen historias de mujeres elegidas para bailar desnudas antes de ser violadas y asesinadas. Soldados irrumpiendo en las casas y haciendo víctimas a las niñas delante de los padres, a las esposas delante de sus maridos.

Entonces, cuando el mundo se estaba enterando de las atrocidades cometidas en la ex Yugoslavia, se transmitió la película ganadora del Óscar La lista de Schindler. Hacer esta película inspiró al director Steven Spielberg a crear una fundación para compartir las historias de sobrevivientes y testigos del Holocausto.

Ahora, bajo los auspicios de la Universidad del Sur de California, la Fundación USC Shoah y el Instituto de Historia Visual y Educación, alberga cerca de 52,000 testimonios grabados en video en 32 idiomas y en 56 países.

Más de 1,700 testimonios incluyen referencias a agresiones sexuales, un término general que incluye el acoso sexual, abuso, vejación sexual y violación, explica Crispin Brooks, encargado del archivo del Instituto. Sin revisar cada uno de los testimonios, no puedo decir específicamente cuántas violaciones se mencionan, dijo Brooks.

Una sobreviviente de un campo habló de una mujer embarazada que fue violada a la vista de los demás antes de ser lanzada en un carro, para no ser vista jamás. Otra mostraba las cicatrices de los golpes propinados por un oficial cuando la llevó a limpiar su vivienda y la violó. Una tercera vio cuando se llevaban a su prima; la niña regresó a la barraca sangrando, con un pedazo de pan apretado en la mano y un secreto que nunca compartió.

‘Marcadas por algo que no sucedió’

A algunos estudiosos les gustaría apretar el botón de pausa y forzar a todo mundo a tomar una respiración profunda antes de continuar con la conversación sobre violación. Lawrence L. Langer es una de ellas.

Señala que los principales campos tenían burdeles atendidos por prostitutas traídas desde el exterior para servir a los oficiales y guardias. También dice que en los campos de la muerte las presas llegaban a pesar hasta 27 kilogramos solamente y sufrían de enfermedades infecciosas como la fiebre tifoidea y la tuberculosis, y que los SS se cuidaban mucho de mantenerse lejos de ellas.

“En el contexto del Holocausto”, el significado de la violación es pequeño, dice el estudioso del Holocausto, Lawrence L. Langer. Pero más importante aún es que ha estado entrevistando a sobrevivientes durante 25 años y afirma que ninguno de ellos le ha hablado acerca de la violación. También dice que el tema de la violación no surgió durante los cinco años que pasó grabando testimonios del Holocausto en el Archivo de Video Fortunoff de la Universidad de Yale, que hoy alberga cerca de 4,000 entrevistas llevadas a cabo desde 1979.

Langer no compra el argumento de algunos en el sentido de que por ser hombre las mujeres podrían haberse inhibido de contarle esas historias. Dice que no ha hecho la pregunta directamente pero confía en que los sobrevivientes comparten lo que tienen que compartir. Ha escuchado los relatos de mujeres que estrangularon a sus propios bebés y en su mente el hecho de hablar de la violación no sería más difícil.

“Siempre pregunto: ‘¿Qué es lo peor que te ha pasado?’. Nadie ha dicho, “fui violada ‘”, dice. “Esto no significa que ninguna fuera violada”.

Tanto Langer como Myrna Goldenberg contribuyeron en un libro pionero  coeditado por Lenore Weitzman. Mujeres en el Holocausto, publicado en 1998, es considerado el primer libro original del Holocausto dedicado a las mujeres.

Ante todo, Weitzman comparte la angustia de Langer y Goldenberg en el sentido de que la gente tenga una idea equivocada sobre el alcance de la violación durante el Holocausto. Ella participó el mes pasado en un evento en Washington enfocado en la nueva antología de Hedgepeth y Saidel, para compartir sus preocupaciones.

Ella estima que “menos de una fracción del 1 % de las mujeres judías” fueron violadas y dice: “Este libro y la publicidad alrededor de él  dan la impresión de que era común”.

Pero también se preocupa de que este enfoque sobre la violación sexualice y estigmatice inapropiadamente a las mujeres sobrevivientes. Ella entrevistó a cientos de ellas y dice que llegó al evento de Washington habiéndose reunido solamente con mujeres que estaban molestas por la atención prestada a este libro.

Suponer que la violación era común “contamina a todas las sobrevivientes”, dice Weitzman. “No es que no quieran hablar de algo que fue doloroso, es que no quieren ser calificadas por algo que no les ocurrió ni a ellas ni a sus hermanas o sus madres o sus hijas. Los horrores reales que experimentaron fueron bastante terribles”.

Traer de vuelta los “fantasmas”

Quizá en ninguna parte el discurso sobre el Holocausto ha sido más cargado que en Israel.

Hija de sobrevivientes, la autora Nava Semel forma parte de la generación de judíos criados por padres que no hablaban de la guerra o incluso de los años previos. Eran fuertes, vivían en una nación judía y no fueron víctima de nadie. No miran hacia atrás. Se apresuraron a aprender el hebreo, por lo que podrían dejar de usar sus acentos nativos. Se centraron en la construcción de nuevas familias, sin recordar las que habían perdido.

“El Holocausto fue parte de nuestra agenda y nuestra memoria colectiva, pero nunca se mencionaba en la esfera privada”, dijo Semel en su casa de Tel Aviv. “Los padres no quieren compartir las experiencias horribles. Ellos estaban tratando de proteger a sus hijos de la amenaza del pasado”.

Semel estaría en sus años 20 antes de que escuchara estas historias. Descubrió que su madre sobrevivió gracias a una “puta del frente”, una presa en su barraca que se convirtió en la “mujer mantenida” de un guardia de las SS y por eso salvó a las demás. Como si eso no fuera suficientemente sorprendente, hubo un giro: El guardia de la SS era una mujer.

Ella narró la historia de su madre en Un sombrero de cristal, que Semel incluyó en una colección de cuentos del mismo nombre. Dice que este libro, publicado 40 años después de la guerra, representó la primera prosa hebrea para centrarse en la experiencia de los hijos de los sobrevivientes y en utilizar el término “segunda generación” para describirlos. Sus protagonistas eran todos hijos e hijas que buscaban la verdad a fin de crecer. Obligó a abrir las puertas que estaban bloqueando las conversaciones.

Los sobrevivientes le dieron las gracias por haberles dado un espacio para hablar. Muchos de su  propia generación, sin embargo, inicialmente reaccionaron con violencia. Les preocupaba que ella estuviera “socavando la imagen de Israel”, dijo Semel, al traer de vuelta los “fantasmas” de la diáspora.

Algunos fantasmas, sin embargo, permanecieron ocultos en las sombras, guardados en la memoria de las personas que no estaban preparadas para enfrentarlos.

Más de 15 años después de que esta conversación inicial ocurrió, Semel publicó su novela Y la Rata Rió. Cuenta la historia de una niña judía de 5 años de edad, que estaba escondida en una granja polaca. Fue violada en repetidas ocasiones en la fosa de las papas donde su familia la tenía.

Pero la niña creció y llegó a ser fuerte, una mujer que sobrevivió a sus primeros horrores para llegar a ser notable. El libro de Semel libro de 2010, que fue adaptada para el escenario y que podría convertirse pronto en una película, permitió a los sobrevivientes que fueron víctimas de abusos sexuales, tanto hombres como mujeres, saber que el suyo era un secreto que otros también tenían.

Tras la publicación de la novela, una docena de sobrevivientes llegaron para decirle que había escrito su historia.

Una llamada entró temprano, a eso de las 7 am.  Los sollozos en el otro extremo, le dijeron a Semel que se trataba de otro sobreviviente.

La mujer en la línea nunca había compartido esta parte de su pasado, ni con su terapeuta ni con su marido  pero ahora se permitía a sí misma sentir. Con la ayuda que viene del dejar salir, ella liberó el recuerdo que le había perseguido y fue libre para hacerle frente.

“La memoria es una entidad evasiva; es amenazadora”, dijo Semel. “La memoria siempre será una parte de ellos, pero si puedo darle voz a lo que sea que ellos no pueden, si puedo ser su pasadizo para liberarlos, ellos se sienten, y pueden morir, menos solitarios”.

Historias que se deslizan

Durante más de 20 años, Paula David trabajó de tiempo completo con los sobrevivientes del Holocausto conforme llegaban a sus últimos años.

La ahora profesora de gerontología de la Universidad de Toronto era una trabajadora social que coordinaba grupos de asesoramiento y programas para sobrevivientes del Holocausto  en el Centro Baycrest de Toronto para la Atención Geriátrica, una instalación que asegura ella  tenía la mayor población de sobrevivientes del Holocausto viviendo en un solo lugar.

Ella ha hecho su misión de estudiar el impacto en el envejecimiento de un trauma a temprana edad.

Al trabajar con mujeres sobrevivientes sabía que había razones no naturales por las que algunas nunca habían podido tener hijos. Ella supuso que había recuerdos que las dejaban acobardadas cuando visitaban al médico, especialmente a los ginecólogos. Se dio cuenta de que había una historia que llevaba a algunas a atacar y golpear a la gente cuando se les tocaba.

Tal vez ellas no hablaban del pasado porque no tenían las herramientas, el lenguaje. Muchas mujeres con las que David trabajó crecieron en shtetls, pequeños pueblos, y en casas religiosas protegidas. Tal vez perdieron a sus padres antes de que hubieran aprendido acerca de la sexualidad.

Ella construyó relaciones con estas mujeres. A ella le gustaban. Ella no las juzgaría si le decían que durmieron con hombres a cambio de comida. “No era el sexo, era el pan”, explica. Ella entendía si le contaban que sólo toleraban el sexo con sus maridos para crear familias. Intentó no estremecerse cuando una mujer, que había sido salvado por los partisanos y haber luchado junto con ellos, le  dijo que había sido violada varias veces cada día durante cuatro años.

“¿Qué hay que decir?”, recuerda que la mujer respondía con desdén cuando David la invitaba a hablar más. “¿Crees que me salvaron porque yo era judía?”

Ella sabía cosas que estas mujeres no querían que sus propios hijos conocieran.

“Nunca tuve a nadie a los 85 o a los 90 dice: ‘Quiero decirle a mis hijos’”, aun cuando sus hijos tuvieran 70, dice David.

Pero conforme las mujeres envejecían y en algunos casos la demencia llegaba, estaban aquellas que perdieron su capacidad de autocensura o de elegir conscientemente lo que compartían. En el centro donde ella y otros cuidaban de estas sobrevivientes, escuchó y vio historias de violencia sexual que se deslizaban de entre sus labios sin control y en presencia de sus seres queridos. Ideó la manera de desviar la atención de lo que se decía, no sólo para proteger a los sobrevivientes sino también para proteger a los que estaban presentes y no  podían obtener respuestas a sus preguntas.

“Tal vez (estas mujeres) nunca quisieron estar sentadas en una silla en un hogar de ancianos, dando detalles de las violaciones que experimentaron mientras que sus nietos están sentados allí”, dice David. “Y es tan doloroso para un miembro de la familia escucharlo. Es exquisitamente doloroso”.

Si las sobrevivientes deciden compartir sus historias, con la claridad de la mente y porque les ayudará, entonces es maravillosa. Pero dice que ellas no deberían  sentir presión para abrirse. Si prefieren llevarse sus historias con ellas a la tumba, que así sea.

“La manera como se las han arreglado para vivir es separar conscientemente aspectos específicos”, dice David. “Todos nosotros autoeditamos nuestros relatos de vida”.

Modelando el futuro

En el fondo un reloj no marca, golpea. Más de 65 años después de la Segunda Guerra Mundial, las historias no contadas de sobrevivientes del Holocausto, en números cada vez menores, pronto serán enterradas para siempre.

Así que si hay víctimas de violencia sexual que quieran hablar, con los miembros de la familia, terapeutas o en público, ahora es el momento.

Eva Fogelman, una psicóloga de la Ciudad de Nueva York que ha trabajado con los sobrevivientes y los hijos de los sobrevivientes por más de 30 años, espera por su propio bien que los secretos de los sobrevivientes se abran. Ella contribuyó con la antología  de Hedgepeth y Saidel y dice que el libro, así como los acontecimientos y debates alrededor de él, pueden ayudar a validar los sentimientos de aquellas que fueron violadas y les ofrece el permiso para expresar sus historias y buscar ayuda profesional.

“Ellos necesitan la validación para ese particular dolor y sufrimiento… para ayudarlas en su proceso de curación”, dice Fogelman. Y salvo la documentación, los testimonios pueden proporcionar “un sentido más auténtico de la historia.”

Otros dicen que hablar o examinar las historias de violación durante el Holocausto no es sólo acerca de la sanación personal o para llenar libros de historia. Y ciertamente no es la intención tomar distancia de los horrores en general que significó el Holocausto.

Es, dicen, sobre el bien común.

“Tal vez habríamos sido más capaces de prevenir las violaciones de la ex Yugoslavia y el Congo si no hubiésemos tenido que esperar más de 60 años para escuchar las verdades que son antologías de ‘Violencia sexual contra las mujeres judías durante el Holocausto‘”, escribió sobre el libro Gloria Steinem, pionera  de las escritoras feministas y organizadora.

Steinem dio un paso adelante para moderar la presentación de un libro esta primavera en Brooklyn que atrajo a un auditorio repleto. El evento contó con gente como el autor israelí Semel, colaboradores del libro y activistas que trabajan en favor de las mujeres y las niñas.

En un momento durante la noche, una mujer ruandesa se levantó y compartió públicamente, por primera vez, la historia de su violación a los 14 años. Una persona en el panel era Jessica Neuwirth, una abogada de derechos femeninos.

Ha trabajado con Naciones Unidas y se desempeñó como consultora experta en temas de violencia sexual y la violación como arma de genocidio. Ha sido asesora de política de Amnistía Internacional y es fundadora y actual presidente de Equidad Ahora, una organización internacional de derechos humanos establecida para poner fin a la violencia y la discriminación contra la mujer.

Neuwirth imagina un día en que las sobrevivientes del Holocausto testifiquen ante la ONU, que compartan sus historias junto con mujeres y niñas de diferentes generaciones, razas, tierras y conflictos.

Pero teme que sea demasiado tarde y que las víctimas que pudieran haberse presentado ya han desaparecido. Y por cuanto a aquellos que todavía están alrededor, ella teme que ese tiempo nunca llegue. “Por lo general tenemos gente ansiosa por hablar y nadie va a escuchar”, dice. “Ahora tenemos gente ansiosa por escuchar, pero nadie hablará”.

Si usted, algún miembro de la familia o amiga tiene una historia para compartir, por favor envié un correo a ravitz.feedback@cnn.com. Debido al volumen de correos quizá no podamos responder a cada uno.

CNN México

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Categoria: El Mundo

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