“Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el Reino de Dios” (Mt 21,31).

30/09/2017

La verdadera religión, es decir, la auténtica actitud del hombre con relación a Dios es la obediencia de sus mandamientos, la interiorización sincera de su voluntad, de forma que el hombre haga de la voluntad de Dios la norma de su vida y de su conducta. Por el contrario, la religión que se queda en declaraciones, en palabras huecas, en ritos vacíos, es una religión, no sólo vacía, sino falsa, que merece la reprobación de Dios, y que no conduce al hombre a su salvación.

El profeta Ezequiel es uno de los representantes (ver también Jr 31,30) del cambio que se produce en la religiosidad del pueblo de Israel a raíz del destierro en Babilonia, que supuso una conmoción en el pueblo, que había quedado descabezado, desestructurado y desfondado: sin rey, sin fuerza productiva, ni religión. Hasta entonces había prevalecido una comprensión solidaria de la relación del pueblo con Dios, expresada con cierta ironía en un refrán que corría entre la gente: «Los padres comieron agraces y los hijos tuvieron dentera» (Ez 18,2). Respondía a la mentalidad antigua según la cual Yavé es un Dios celoso, que castiga la culpa de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, pero tengo misericordia por mil generaciones de los que me aman y observan mis preceptos (Dt 5,9-10).

El cataclismo del destierro arrasó el templo, el culto y los sacrificios; pero permaneció la Ley, como código de la alianza de Dios con su pueblo, interiorizado de forma personal en los corazones de los fieles. Adquiere relieve y protagonismo el individuo, la persona, pues el Señor quiere formar con todos los hombres un pueblo, pero hace una invitación personal a cada uno, y cada cual es responsable de la actitud que adopta con respecto a Dios, y de sus consecuencias.

La parábola de los dos hijos ejemplifica las dos actitudes del hombre con respecto a la invitación de Dios: una, que lo convierte en ciudadano del Reino de Dios, y la otra, que lo excluye del reino. En una cosa están de acuerdo con Jesús los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo: que no es con buenas palabras ni con buenas intenciones como se congracia el hombre con Dios, sino que es con buenos hechos, cumpliendo su voluntad, como el hombre conforma su vida con la mente, la voluntad y con el modo de ser del mismo Dios. Y, en esto, le va al hombre su propia salvación.

Pero al conceder a Jesús que es cumpliendo la voluntad de Dios como el hombre le agrada y practica la verdadera religión, Jesús les reprocha que ellos hacen precisamente lo contrario, rechazando al enviado de Dios, mientras que los pecadores, despreciados por ellos, creen en él y se convierten de su mala vida y son acogidos en el Reino de Dios.

Esta parábola de los dos hijos nos invita, hermanos, a examinarnos a fin de que nuestra religión, nuestro culto a Dios no sea vacío; que nuestra fe no sea una fe muerta, sin obras que brotan del amor, que da vida.

Pero mejor que examinarnos con relación a un código de conducta, que podría resultar un catálogo frío de normas, mirémonos en el espejo del Hijo de Dios, hecho un hombre como nosotros, para que los hombres podamos verlo y asimilarlo. San Pablo pone ante nuestra consideración el amor inaudito de Dios hacia nosotros al rebajarse a nuestra condición humana, porque éste era el único modo como podía salvarnos respetando nuestra libertad. ¿Acaso es mucho pedir, a quienes se han beneficiado de la salvación, que se revistan de los sentimientos de Cristo, que brotan de su Espíritu de amor?

Unidos en un mismo Espíritu de comunión, tengamos, pues, hermanos, entrañas compasivas; mantengámonos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir, no obrando por envidia ni por ostentación, sino dejándonos guiar por la humildad y considerando superiores a los demás; no buscando los propios intereses, sino los intereses de los demás.

Ésta es la verdadera religión, la que agrada a Dios, que sólo podemos tributarle ayudados desde dentro por el Espíritu de Cristo. Invoquémoslo con fe.

Héctor González Martínez
Arzobispo Emérito de Durango

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