Author Fecha 17/02/2012

Nuestra tesis es que un sistema que se asienta sobre un concepto erróneo, la ley del número, puede funcionar más o menos bien durante un tiempo, desafiando las leyes de la lógica, pero esta, antes o después se impone. Resulta sorprendente el que aun hoy la partitocracia sea incuestionable para algunos  especialmente para sus beneficiarios y para ciertos teóricos políticos poco imaginativos, toda vez que si descendemos a sus rituales concretos, adquiere el problemático aspecto de una religión animista propia de pueblos primitivos. Obsérvese sino.

Ya hemos dicho que la partitocracia tiene como vector fundamental el reduccionismo de lo humano a lo meramente cuantitativo (un hombre, un voto), algo que resulta excesivamente pobre y deslucido para que pudiera tener eco en los cenáculos intelectuales. Hacía falta envolver este concepto de un halo místico y de un envoltorio que recubriera su banalidad intrínseca. Los teóricos de la democracia proclaman que este es el mejor sistema para hacer valer la “soberanía popular”, un concepto difícilmente definible pero que vendría a estar implícito en el mismo concepto de la democracia entendida como “mando del pueblo”.

Pero “el pueblo”, que no puede mandar directamente, delega su “voluntad” en unos representantes que son investidos en una ceremonia y en los cuales, la suma de las voluntades populares se hipostatiza y adquiere el carisma de una legitimidad para ejercer el mando. Observar detenidamente el proceso es importante porque veremos hasta qué punto refleja la existencia de un arquetipo iniciático y animista laicizado.

Las campañas electorales renuevan y vivifican la “voluntad popular”, tienen sus ritos específicos e ineludibles: el mitin, la ceremonia de instauración de la primera piedra (en este caso la primera pegada de carteles), la postulación de los candidatos, los duelos singulares considerados como los juegos olímpicos antiguos como aquellas pruebas en donde él “justo” evidencia su estado frente al “injusto”.

A esto sigue una “jornada de reflexión” equivalente al período de ayuno y abstinencia inmediatamente anterior a cualquier ceremonia iniciática, capaz de conferir pureza y serenidad. Y al igual que en estos ritos de paso, la ceremonia viene precedida por la estancia en una “cámara oscura”, en soledad, en donde se madura el acto que va a realizarse.

Los electores en una sala parecida meditan por última vez la importancia de su opción. Luego doblan la papeleta y acuden a la mesa electoral siguiendo un ritual que termina con el tradicional “! Ha votado!” Pronunciado por el sacerdote oficiante con el visto bueno de los vigilantes enviados por los distintos partidos. A una hora concreta, ni antes ni después, tiene lugar el recuento de votos, la ruptura de los sellos de las urnas: las “voluntades populares”, traspasadas a la papeleta después de un ritual mágico cuidadosamente establecido (campaña, jornada de reflexión, cámara de meditación, cierra del sobre, entrega en urna, IFE.) se suman, dejan de ser patrimonio de las unidades individuales que las han depositado y se transforman en una entidad común gracias a la cual, mediante otra operación mágica  el acto de investidura sé hipostatizan sobre el señor Presidente, los señores diputados o los cargos electos.

Estos, por medio de este ritual, se convierten automáticamente en inviolables e infalibles: inviolables porque a ellos no llega la jurisdicción ordinaria que sí llega al común de los mortales, infalibles porque solo ellos y nada más que ellos tienen el privilegio de iluminados por la “voluntad popular”, redactar normas y leyes, han devenido “el Legislador”… Claro está que, como en todo rito mágico, la fuerza que los ha investido, se agota, y es preciso actualizarla nuevamente mediante la reiteración de la ceremonia descrita en todos sus pasos. Y todo esto para un sistema en crisis, de ingobernabilidad de desempleo, inseguridad y de Fe. En realidad los chamanes no complicaban tanto la vida. Y sin embargo no puedo mencionar al “Santo” de mi devoción (candidato) porque en este País: No Hay Libertad de Expresión. Ya que la Inquisición (léase IFE) me quemaría con leña verde en la plaza, en pleno 2012, porque dicen que influimos en el “acto de constricción” de los “elegidos”.Habeoquemfugiam, quemsequar non habeo. Sé de quién tengo que huir, pero no sé a quién debo seguir.

Tomas Bermúdez Izaguirre

                                                                                      Correo electrónico: tomymx@me.com

 

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