Pastoral de la salud: respuesta al sufrimiento y la muerte

12/06/2011

Desde la perspectiva de la Iglesia, que es el Evangelio, y observando la realidad que vivimos, descubrimos los signos de la cultura de la muerte y los signos de la vida que se nos manifiestan a diario, que nos  interpelan, nos cuestionan y nos impulsan a llevar la vida plena que nos ha revelado Jesucristo. El compromiso y la solidaridad de la Iglesia en la afirmación de la vida son signos de la acción liberadora y salvífica de Dios en la historia. Jesús, el Buen Pastor, quiere comunicarnos su vida y ponerse al servicio de la vida: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

La Iglesia Latinoamericana ha identificado algunos de los “rostros sufrientes” de los hombres y mujeres de nuestros pueblos. Destacan las personas que viven en la calle en las grandes ciudades; los migrantes; los adictos dependientes; los detenidos en las cárceles; los enfermos (Cfr. Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Documento Conclusivo. Nums. 407-430). Éstos, los encontramos a diario en nuestros pueblos y ciudades; y podríamos añadir los nuevos “rostros sufrientes”, como las familias que sufren las consecuencias de la violencia y la inseguridad, los secuestros, los desaparecidos, los pobres, etc. Aquí es donde la Palabra de Dios se hace realidad, donde el pueblo “tiene hambre y sed”, que está enfermo y nos llama a comprometernos en la defensa y el cuidado de la vida y de la salud.

Jesús es la ex­presión visible del amor del Padre, El asume nuestra condición y se solidariza con toda situación humana. Jesús no sólo es sensible a todo dolor humano sino que se identifica con el que tiene hambre,  con el que tiene frío, con el que está enfermo… Jesús sufrió la pasión y la muerte de cruz para liberarnos del pecado y de la muerte; por eso brilla como Palabra de Vida (Cfr. CELAM. Discípulos Misioneros en el mundo de la Salud, nums. 51-54).

Jesús se acercó a los enfermos, a los pobres, a las mujeres y a todos los excluidos, a los marginados de las instituciones religiosas y políticas de su época, no para reforzar su situa­ción de exclusión, de marginación, de dolor, sino para hacerlos sentir dignos, valorarlos, acompañarlos, para invitarlos a levantarse de su postración, sacarlos de su condición de pecado y reinsertarlos en la comunidad.

En medio de la enfermedad, del dolor, del sufri­miento, Jesús anuncia la esperanza y es fuente de vida. Para Jesús los pobres, los olvidados, los enfermos, no son solamente objeto de com­pasión o de curación, sino protagonistas del Reino, anunciadores del Evangelio. Es en esta perspectiva en que aparece el Jesús de la Cruz como clave de lectura pascual y generadora de esperanza, que nos ayuda a descubrir el sentido del dolor y del sufrimiento.

Como Jesús, la Iglesia con­tinúa el anuncio de la Buena Nueva liberadora del Evangelio y ese anuncio la compromete radical e integralmente. El mandato de Jesús a sus seguidores y a la Iglesia incluye una atención preferencial a los enfermos y afligidos. En el envío misionero y apostólico a los discípulos, les dice expresa­mente: “Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos…”. Así lo realizaron los apóstoles y las primeras comunidades cristianas. El poder de curar, de restablecer la salud es un carisma y un ministerio dentro de la comu­nidad y es un signo de la proclamación de la Buena Nueva de vida y salvación en Cristo.

El espíritu del samaritano debe impulsar el quehacer de la Iglesia; como madre amorosa debe acercarse a los enfermos, a los débiles, a los heridos, a todos los que se encuentran tirados en el camino para acogerlos, cuidarlos, curarlos, infundirles fortaleza y esperanza. En el restablecimiento de la salud física está en juego algo más que la victoria inmediata sobre la enfermedad. Cuando nos acercamos a los enfermos nos acercamos a todo el ser humano y al universo de sus relaciones, porque la en­fermedad lo afecta integralmente.

La Iglesia en su misión profética está llamada a anunciar el Reino a los enfermos y a todos los que sufren, velando para que sus derechos sean reconocidos y respetados, así como también a denunciar el pecado y sus raí­ces históricas, sociales, políticas y económicas que producen males como la enfermedad y la muerte. Sin esta preocupación especial por los pobres y marginados, la Iglesia pierde su identidad; sin un acercamiento bondadoso, servicial y liberador a los enfermos y a todos los que sufren, pierde su razón de ser.

El mundo de la salud, en sus múltiples expresiones, ha ocupado siempre un lugar pri­vilegiado en la acción caritativa de la Iglesia. A través de los siglos no sólo ha favorecido entre los cristianos el nacimiento de diversas obras de misericordia, sino que ha hecho surgir de su seno muchas instituciones religiosas con la finalidad específica de promover, organizar, perfeccionar y extender la asistencia a los en­fermos, a los débiles y a los pobres.

En nuestra Iglesia existe un verdadero ejército de servidores de la vida que trabajan en situaciones difíciles y precarias, que ayudan a hermanos afectados por la enfermedad, el dolor y la muerte, a buscar y encontrar el sen­tido humano y cristiano de esta realidad. Los religiosos y religiosas desde su consagración, sirven a los enfermos y a los que sufren. Los lai­cos como fieles discípulos misioneros hacen visible el amor misericordioso del Padre.

“Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de toda clase de afli­gidos, son también gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo, y nada hay verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón. La comunidad que ellos forman está compuesta de hombres que, reunidos en Cristo y guiados por el Espíritu Santo… la hace sentir y ser en realidad ínti­mamente solidaria con la humanidad y con su historia” (Concilio Vaticano II. Gaudium et spes 1).

Para los cristianos, “los enfermos son verdaderas catedrales del encuentro con el Señor Jesús”, desde ellos el Señor nos llama para hacer realidad histórica su promesa de consuelo a los enfermos y de protección a los desamparados, como primicia de una vida más plena.

“La Pastoral de la salud es la acción evangelizadora de todo el Pueblo de Dios comprometido en promover, cuidar, defender y celebrar la vida, haciendo presente la misión liberadora y salvífica de Jesús en el mundo de la salud”.

Mons. Enrique Sánchez Martínez

Obispo Auxiliar de Durango

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