“Si no me casaba, me matarían”

3/07/2015

200.000 camboyanas fueron obligadas a casarse durante el régimen de los Jemeres Rojos Su líder por crear una nueva comunidad de jóvenes al servicio de Angkar

El día que Thong Socki fue obligada a casarse, los Jemeres Rojos sirvieron una comida frugal y algo de agua. De postre les ofrecieron num akoa y banh januk (dos platos típicos a base de arroz). Thong Socki comió con desgana. El cereal que cultivaba hasta desmayarse en los campos de trabajo le resultaba ya insípido. A su lado, Chea Non, era entonces un joven imberbe de pelo oscuro. Todavía llevaba puesto el uniforme de trabajo. Aquella camisa negra que llegaría a odiar. La ceremonia apenas se prolongó unos minutos. Ambos juraron servir a Angkar. Al terminar, les llevaron a una pequeña choza. Tenían que cumplir su promesa. La organización necesitaba hijos con los que construir su nueva sociedad.

Aquella madrugada Thong Socki decidió odiar a los Jemeres Rojos con todas las fuerzas que le quedaban. Desde su llegada al poder, el 17 de abril de 1975, la guerrilla ultramaoísta encabeza por Pol Pot había evacuado las ciudades, prohibido las prácticas culturales y religiosas, abolido el dinero y la propiedad privada y dividido a la población en grupos: el idealizado viejo pueblo campesino y los “del 17 de abril”, la población urbana envilecida por el consumismo y la decadencia capitalista. De estos, los intelectuales, los artistas, los que sabían algún idioma o cualquiera que disidiera habían sido ya asesinados. El resto, enviados a campos de trabajo donde debían purificarse trabajando la tierra hasta la extenuación.

A Thong Socki y Chea Non los habían enviado a uno de esos campos para su reeducación. Ambos provenían de una pequeña comunidad al norte de Camboya. “Éramos vecinos, pero casi no habíamos hablado nunca”, recuerda Chea Non. Por aquel entonces él tenía unos 23 años. Ella 19. Era 1977. El año dos para los Jemeres Rojos. Uno de los oficiales de Angkar —literalmente “la organización”— les dio la orden: “Tú tienes que casarte con ella; tú con él”. Thong Socki estaba asustada. Jamás había estado con un hombre, pero no tenía elección. “Sabía que si no les obedecía me matarían”.

Muchas mujeres se vieron obligadas a permanecer junto a sus maridos, aunque las hubiesen forzado y violado, por la presión social
Un líder de los Jemeres Rojos ofició la ceremonia. A su lado, había otras parejas. Todas se acababan de conocer. Acababan de recibir la orden. En su delirio por crear una nueva comunidad jemer fiel al pensamiento revolucionario, la organización instauró una campaña masiva de matrimonios forzosos. Aunque se desconoce el número exacto de víctimas, algunos estudios estiman que al menos 210.000 mujeres, de una población total de alrededor de ocho millones de personas, fueron obligadas a casarse con el único objetivo de procrear: tras la nupcias, los recién casados eran recluidos durante unos días en chozas bajo la vigilancia de los chhlob, los espías del régimen. Aquellas parejas que se resistían eran golpeadas. Al final, accedían mutuamente a tener sexo. Era una mera cuestión de supervivencia. Thong Socki y Chea Non tuvieron su primer vástago un año después de casarse.

Los hijos de Angkar
“El propósito de las bodas, para los Jemeres Rojos, no era formar familias, sino producir hijos que pudieran servir a la revolución”, apunta el historiador Khamboly Dy en su libro A History of Democratic Kampuchea (1975-1979). Pol Pot anhelaba multiplicar la población del país hasta los 20 millones de personas. Una ingente masa de trabajadores al servicio de su utopía agraria. Ellos serían los hijos de Angkar.

Desde su llegada al poder, los Jemeres Rojos habían tratado de redefinir la cultura camboyana. Las prácticas religiosas habían sido abolidas y el concepto tradicional de familia sustituido por la obediencia a la organización. Padres e hijos fueron separados y muchos menores obligados a delatar a sus progenitores. Angkar era ahora la familia de todos.

Los matrimonios forzados fueron un paso más en la estrategia deconstructiva de la Kampuchea Democrática de Pol Pot. Hasta entonces, las bodas jugaban un papel esencial en el entramado social camboyano: eran pactadas entre familias con el consentimiento de los cónyuges que mostraban así su respeto hacia sus padres. Para los budistas, la mayoría del país, tenían además implicaciones espirituales. Los Jemeres Rojos destruyeron el significado del matrimonio para la sociedad camboyana: “Asumieron el papel de padres para todos, exigiendo una lealtad inquebrantable y exclusiva, obligando a los individuos a contraer matrimonio y a mantener relaciones conyugales sin elección o consentimiento”, resume un informe de la Transcultural Psychosocial Organization Cambodia (TPO).

La violencia como legado
El 7 de enero de 1979 fue el día que marcó el resto de la vida de Thong Socki. Los vietnamitas habían depuesto al régimen de Pol Pot y el país se llenó de confusión. Los que habían sobrevivido al genocidio, el mayor de la historia en términos porcentuales con 1,7 millones de víctimas, comenzaron a volver a sus casas. La realidad era que la mayoría no tenían a donde volver. A miles de mujeres, Angkar, les había legado además una nueva familia. Una que ellas no habían elegido, pero a la que no podían dejar atrás. Incluso aunque sus maridos, a los que habían visto en contadas ocasiones, las hubiesen forzado y violado siguiendo las directrices de los Jemeres Rojos. Atrapadas por el Chpab Srey, el código de conducta recogido en la tradición oral camboyana, las mujeres debían mostrarse como hijas y esposas “decentes”, “responsables” de la armonía familiar y de su honor. De ellas se esperan que cuiden de su familia por encima de cualquier cosa.

Sólo algunas mujeres —se desconoce el porcentaje, aunque se estima que es inferior al 50%— se atrevieron a romper sus matrimonios afrontando el estigma social de no haber cumplido con el cometido que la sociedad les había encomendado. De haber traicionado al Chpab Srey. “Muchas mujeres se enfrentaron a un doble apuro: permanecer solteras tras un matrimonio forzado o tener demasiados maridos si se volvían a casar”, señala el informe de TPO.

Los Jemeres Rojos destruyeron el significado del matrimonio para la sociedad camboyana
“Nosotros intentamos seguir juntos. Nos instalamos en una comunidad cerca de nuestras familias”, recuerda Chea Non. A unos centímetros de él, sin tocarse, Thong Socki le mira atentamente cuando habla. Tienen siete hijos, cinco varones y dos mujeres, y varios nietos. Uno de ellos, apenas un recién nacido, llora sin parar en brazos de su madre. Thong Socki vuelve la vista para comprobar que sólo tiene hambre. Hace unos años, el clan al completo se mudó a la aldea de Cha Muk, a unos kilómetros de Kampong Chhnang, en la meseta central del país. “Lo hicimos para que los niños pudieron estudiar. El pueblo está cerca de la escuela”, explica su padre. Aquí tienen un granja. Crían cerdos, vacas y pollos. También cosechan frutas y verduras locales.

Bun Chhoeun decidió separarse de su mujer hace unos años. “Ella quería volver con nuestras familias, o bien con la suya o bien con la mía, pero yo estoy a gusto aquí”, asegura sonriente mientras busca una sombra en la que cobijarse del sol que abrasa esta mañana Cha Muk. Los divorcios son todavía algo excepcional en las comunidades rurales de Camboya. De hecho, “la influencia de las tradiciones culturales contrarias la separación es junto al deseo de mantener a la familia unida y a las necesidades económicas y de protección” las principales razones por las que muchas víctimas han optado por permanecer junto a los maridos que los Jemeres Rojos les asignaron hace décadas, destaca la investigadora Bridgette A. Toy-Cronin en uno de sus trabajos.

Sin embargo, buena parte de estas parejas son “disfuncionales”. “Los matrimonios forzados fueron uno de los factores que contribuyeron al aumento de la violencia doméstica y a las altas tasas de abandono, poligamia y de familias encabezadas por mujeres que siguió a la caída del régimen”, señala TPO en sus conclusiones. Cuatro décadas después del delirio de los Jemeres Rojos, miles de camboyanas siguen atrapadas en una realidad de abusos, exclusión social y traumas psicológicos.

La boda que nunca tuvieron
Cuando echa la vista atrás, a Thong Socki lo que más le duele es no haberse podido casar siguiendo las pautas de la tradición budista. En su boda de 1977 no hubo pedida de mano, ni vestidos tradicionales. Tampoco habían asistido sus familiares. A ojos de Dios y de la comunidad su matrimonio no era legítimo. “Era una pena con la que me iba a la tumba”, asegura. Finalmente, el pasado mes de enero Thong Socki y Chea Non pudieron cumplir su deseo de volver a casarse. La ONG Youth for Peace Organization organizó una ceremonia conjunta en la que cinco parejas de la zona pudieron renovar sus votos. Esta vez sí hubo pedida, un conjunto especial para la ocasión y más de 200 asistentes. Entre ellos, sus propios hijos. Los num estaban deliciosos.

“Estoy muy satisfecho”, insiste Chea Non. Uno de sus hijos le entrega una caja alargada, con las tapas verdes. Chea Non la abre. A su lado, Thong Socki también sonríe. Es un álbum de fotos. Los recuerdos de un día en el que cerraron una de las heridas más profundas de su vida.

—Después de todo este tiempo, ¿os arrepentís de lo que os pasó?

—“Lo importante es que nos queremos el uno al otro”, responde Chea Non.

Thong Socki mira a sus hijos, sentados justo a su espalda. Después sonríe tímidamente.

El País

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