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Author Fecha 1/02/2010

No es la primera vez que el América extraña a Salvador Cabañas. Cuando lo perdía por suspensión o lesión, en Coapa retumbaba el miedo, ahora que parece no lo tendrán en mucho tiempo, hay un desconcierto total. Ante Indios, a pesar del triunfo 1-0, ofrecieron otro recital de aburrición.

Salvador Cabañas (Foto: Internet)

El gol que les dio la victoria vino por parte de Enrique Esqueda, acomodado inconscientemente en el sitio donde más problemas ha tenido, la punta. Se echa de menos a Cabañas, porque el paraguayo era polivalente, igual le daba un ataque de creativo como de delantero y era omnipresente en el campo.

Tal vez por eso, al ver que se ganaba con la gota de sudor bailando en la frente, porque Indios cuando el poco presupuesto le alcanzaba, ponía a trabajar horas extras a Guillermo Ochoa, la gente coreaba su nombre hasta el final. Sin su delantero estrella, el portero es lo único que le queda con personalidad al equipo.

El gol conseguido en la recta final del primer capítulo sólo vino a abrir una falsa esperanza de una tarde tranquila. Ocurre que el América se empeña en incomodarse solo, es irritante al mismo tiempo, para sus aficionados. En un ataque de delirio, cuando Esqueda estaba extraviado al frente, Jesús Ramírez tiró de osado y sacó a Daniel Rolfi Montenegro, uno de los pocos que tienen talento en la cabeza para pensar el futbol.

Pero eso de pensar y pausar la pelota va en contra de las doctrinas de Ramírez. En sus arrestos, lo mandó al banquillo en medio de un coraje tremebundo del argentino que desde el principio nunca entendió su salida.

Ingresó Daniel Márquez pero sin el único conductor notable que puede tener en el campo, las Águilas no sabían qué hacer con la pelota. Chucho Ramírez se encargó de rajar el equipo por la mitad, le partió los huesos.

Bajó a la lateral izquierda a Jean Beaosejour para ver si era más productivo que en su escasa pegada al frente como volante y determinó entonces, echar el resto del partido a puro esfuerzo.

El América no sabe creer en sí mismo. Es tedioso, afanado en darle aliento al rival. Le visitó el peor equipo del torneo anterior y de este Bicentenario y se le complicó.

Hasta el último minuto los de Ciudad Juárez metieron la pelota al área de Ochoa, sin precisión cierto, pero sabedores que un golpe de suerte les podría beneficiar. No ofrecieron más que lo que pueden dar, siendo una nómina tan modesta, que en la liga de ascenso podría pasar como un equipo de superestrellas, pero aquí no, en el Azteca siguen siendo hombres modestos, con sueldos modestos, con un funcionamiento modesto, igual que el América, engañado por esa piel de equipo grande que no tiene entrenador, no tiene combustible, y para aumentar los males, no tiene ya, al único jugador que le daba alegrías.

Excélsior

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