Author Fecha 23/01/2011

Esta semana del 18 al 25 de enero, la Iglesia nos invita a unirnos todos los cristianos, primero para orar por la Unidad de los Cristianos y también para trabajar por ella. Para construir la unidad, la oración debe estar en el centro, esto quiere decir que la unidad “no puede ser simplemente un producto de la actividad humana; es ante todo un don de Dios. La unidad no la construimos nosotros, sino Dios, viene de Él, del misterio trinitario”.

Hace dos mil años, los primeros discípulos de Cristo reunidos en Jerusalén tuvieron la experiencia de la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés y han estado reunidos en la unidad que constituye el cuerpo del Cristo. Los cristianos de siempre y de todo lugar ven en este acontecimiento el origen de su comunidad de fieles, llamados a proclamar juntos a Jesucristo como Señor y Salvador. Aunque esta Iglesia primitiva de Jerusalén ha conocido dificultades, tanto exteriormente como en su seno, sus miembros han perseverado en la fidelidad y en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones. No es difícil constatar que la situación de los primeros cristianos de la Ciudad Santa se vincula hoy a la Iglesia de Jerusalén. La comunidad actual conoce muchas alegrías y sufrimientos que fueron las de la Iglesia primitiva: sus injusticias y desigualdades, sus divisiones, y también su fiel perseverancia y su consideración de una unidad mayor entre los cristianos.

Hoy debemos luchar por la unidad incluso en las grandes dificultades. Hacer esto, nos muestran que la llamada a la unidad debe ir más allá de las palabras y orientarnos de verdad hacia un futuro que nos haga anticipar la Jerusalén celestial y contribuir en su construcción. Tenemos la responsabilidad de transformar nuestras divisiones, éstas son fruto de nuestros actos. Debemos iniciar por nuestra oración, debemos pedir a Dios transformarnos a nosotros mismos, es posible que nuestra propia soberbia impida la unidad y nosotros seamos el principal obstáculo.

La llamada a la unidad invita a todos los cristianos a redescubrir los valores que constituyen la unidad de la primera comunidad cristiana de Jerusalén (Hechos 2, 42ss) y que son un desafío para nosotros. La experiencia de los orígenes de la primera Iglesia de Jerusalén, nos invita a una vuelta a los fundamentos de la fe; nos invita a recordar los tiempos en que la Iglesia no estaba dividida. Debemos meditar las características más destacadas de la comunidad primitiva cristiana: lo primero que transmitieron los apóstoles fue la Palabra, dice el Papa Benedicto “también hoy, la comunidad de los creyentes reconoce en la referencia a la enseñanza de los Apóstoles la norma de la propia fe: todos los esfuerzos por construir la unidad entre todos los cristianos pasa por tanto a través de la profundización de la fidelidad al ‘depositum fidei’ (depósito de la fe), que nos han transmitido los apóstoles”; la comunión fraterna (Koinonia), es ”la expresión más tangible, sobre todo para el mundo exterior, de la unidad entre los discípulos del Señor. La historia del movimiento ecuménico (iniciativas a favor de la unidad de las confesiones cristianas), está marcada por las dificultades e incertidumbres, pero también es una historia de fraternidad, de cooperación y de compartir humano y espiritual, que ha cambiado de manera significativa las relaciones entre los creyentes en el Señor Jesús: todos estamos comprometidos a continuar por este camino”; celebraban la Eucaristía o fracción del pan, en memoria de la Nueva Alianza que Jesús realizó a través de sus sufrimientos, muerte y resurrección.  “La comunión en el sacrificio de Cristo es la culminación de nuestra unión con Dios y por lo tanto también la plenitud de la unidad de los discípulos de Cristo, la comunión plena”. El hecho de que los demás cristianos no compartan con nosotros la mesa eucarística, debe llevarnos a los católicos a darle una dimensión penitencial a nuestra oración y nos debe llevar también a comprometernos con mayor generosidad, para que un día, eliminados los obstáculos de la plena comunión, sea posible reunirnos alrededor de la mesa del Señor, partir juntos el pan eucarístico y beber del mismo cáliz; y la ofrenda de la oración continua, dice el Santo Padre “rezar significa abrirse a la fraternidad que deriva del ser hijos del único Padre celestial y estar dispuestos al perdón y a la reconciliación”.

Aquellos primeros cristianos de Jerusalén, nos enseñan y nos invitan hoy, en todos los campos de la vida cristiana especialmente en el esfuerzo por la Unidad de los Cristianos, a “ofrecer un testimonio fuerte, fundado espiritualmente y sostenido por la razón, del único Dios que se ha revelado y nos habla en Cristo, para ser portadores de un mensaje que oriente e ilumine el camino del hombre de nuestro tiempo, a menudo sin puntos de referencia claros y válidos… por eso, es importante crecer cada día en el amor mutuo, comprometiéndose a superar aquellas barreras que aún existen entre los cristianos: sentir que hay una verdadera unidad interior entre todos los que siguen al Señor; colaborar todo lo posible, trabajando juntos en las cuestiones aún abiertas: y, sobre todo, ser conscientes de que en este itinerario el Señor debe ayudarnos todavía mucho, porque sin El, sin ‘permanecer en Él’ no podemos hacer nada”.

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Categoria: Episcopeo

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