La reforma que dio paso al CEU; 30 años del movimiento del 86

11/09/2016

Ante la apuesta del rector Jorge Carpizo para transformar la Universidad Nacional en aras de la calidad, hace 30 años renacieron las protestas masivas de los alumnos para frenar los cambios.

Hace 30 años, de la mano de Jorge Carpizo MacGregor, la UNAM comenzó el camino hacia la transformación interna para apostar por la calidad, pero el nacimiento del movimiento estudiantil más exitoso en la historia del activismo universitario, el Consejo Estudiantil Universitario (CEU), obligó a avanzar poco a poco, a lo largo de tres décadas, hacia el objetivo que se trazó desde aquel tiempo.

Un año después de la movilización social solidaria que despertó el sismo de 1985 en la capital del país y en medio del adverso panorama económico que llevó a los universitarios a ser la generación de la crisis, los días 11 y 12 de septiembre de 1986 el Consejo Universitario de la UNAM aprobó la llamada Reforma Carpizo y, con eso, despertó a una masa estudiantil que había permanecido inmovilizada desde 1968, con la matanza de Tlatelolco, y temerosa de tomar las calles luego de la represión en 1971, con el Halconazo.

Con los antecedentes, en la propia historia de la UNAM, de que los cambios en materia de cuotas y del sistema de evaluación, ingreso, permanencia y egreso generaban movilizaciones estudiantiles que habían orillado a la renuncia de rectores como ocurrió con Luis Chico Goerner, Salvador Zubirán e Ignacio Chávez, a quien un grupo de alumnos de la Facultad de Derecho sacó a punta de pistola de su oficina de la Rectoría, en 1986 el rector Jorge Carpizo aplicó una estrategia diferente para ir por esas reformas.

De acuerdo con las notas informativas de Excélsior, desde el momento en que asumió la Rectoría Jorge Carpizo anunció que su reto era la transformación de la UNAM.

El 16 de abril de 1986 presentó su plan de trabajo e incluyó la lectura del documento Fortalezas y Debilidades de la UNAM, el cual daba cuenta de que si bien la institución tenía un reconocimiento nacional e internacional en diversas áreas, su masificación había pegado en su calidad, al grado que el promedio de aciertos de sus alumnos de nuevo ingreso era equivalente a un cuatro de calificación.

El diagnóstico de Carpizo era que la UNAM tenía 30 problemas: “Bajo nivel académico desde el ingreso al bachillerato; ingreso a licenciatura y pase automático; baja eficiencia al terminar; no titulación; alta deserción en el posgrado; saturación de la capacidad instalada, examen de selección y pase automático; exámenes extraordinarios y sus precios; costo económico por alumno en los tres niveles; escasa orientación vocacional; servicio social poco efectivo; no correspondencia entre planes de estudio y la realidad del país.

Ausentismo del personal académico; nulo seguimiento de la actividad del personal académico; contratación innecesaria de académicos por presiones políticas; servicios educativos anacrónicos; salarios exiguos del personal académico, así como cobros sin devengar; nula planeación de la capacidad instalada; nula preparación, incumplimiento, ausentismo e interrupción de labores por parte del personal administrativo.

Obstáculos al desarrollo tecnológico; desequilibrio en el apoyo a las áreas nuevas de investigación; libertad académica contra necesidades nacionales y universitarias; desvinculación entre docencia e investigación; desinterés por la planeación; universidad desorganizada y no cabalmente representada en los órganos de gobierno; la burocracia universitaria, obstáculo al desarrollo de las actividades académicas.

Utilización de la UNAM como instrumento político o como campo de lucha, así como prebendas académicas que afectan el nivel académico. La distinta concepción de educación popular; disminución del presupuesto, distribución del presupuesto sin criterio, inseguridad en la UNAM y difusión cultural y de actividades anárquicas y caprichosa”, de acuerdo con el resumen que hace Yolanda de Garay Castro en su tesis El Conflicto Universitario 1986-1987 Cronología Política de un Movimiento Estudiantil.

Era necesario, decía Carpizo, tomar cartas en el asunto e ir por una reforma en las reglas de ingreso y permanencia; establecer promedios mínimos de calificación para tener derecho al pase automático del bachillerato a la licenciatura; un tiempo máximo para ser considerado alumno regular y acabar así con los llamados fósiles.

Elevar las cuotas, porque ya entonces eran mínimas para el nivel de gastos de la institución, llevar a los académicos a sistemas de superación constante y evaluación; aplicar exámenes departamentales en todas las áreas y elevar el costo de los servicios como fotocopiado o préstamo de materiales.

La estrategia del rector fue someter a consulta de toda la comunidad universitaria las líneas de su plan de reforma, que se concretó en una sesión del Consejo Universitario que duró dos días, 11 y 12 de septiembre, para aprobar la nuevas reglas de ingreso y permanencia, de exámenes, de pagos, de evaluaciones y de capacitación académica.

LAS VOCES DISCORDANTES

La mayoría de los consejeros universitarios respaldaron la reforma. Pero dos voces juveniles, que en ese pleno institucional parecían aisladas, fueron el detonante de un capítulo histórico de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Imanol Ordorika, consejero universitario estudiante de la Facultad de Ciencias, y Antonio Santos, consejero universitario estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras, hablaron de la gravedad de esa reforma.

Con esas participaciones, que eran minoría, comenzó la historia de una protesta estudiantil que llevó a los jóvenes, que un año antes había salido a las calles de la Ciudad de México a ayudar para salvar vidas y recoger escombros tras el sismo, a animarse a salir a las calles, a vencer su temor a la represión que se quedó como loza en sus espaldas durante décadas y llenar nuevamente las calles del grito juvenil en contra de lo que consideraban una imposición.

Porque a pesar de que oficialmente se abrió una consulta, la indiferencia estudiantil no le dio importancia, hasta que Ordorika y Santos comenzaron su andar entre escuelas, facultades, institutos y centros de investigación para hacer ver las consecuencias de los cambios.

Fue un momento en que por primera vez, las autoridades de la Rectoría hicieron un esfuerzo por informar a la comunidad de los pormenores de la reforma; por primera vez los medios masivos de comunicación jugaron un papel importante para que las autoridades universitarias difundieran su posición.

Pero también fue un momento en que los medios alternativos de comunicación funcionaron para el movimiento estudiantil, que también usaba a los medos tradicionales, principalmente la prensa escrita, para difundir sus posiciones y sus actividades.

Con esa sesión del Consejo Universitario comenzó hace 30 años un capítulo en la historia de la UNAM que duró sólo cinco meses, que incluyó cinco marchas —dos de ellas, una el 21 de enero de 1987 y otra el 10 de febrero de 1987, que llenaron la plancha del Zócalo capitalino— ante una actitud diferente del presidente Miguel de la Madrid y su Jefe de Gobierno del Distrito Federal, que no sucumbieron a la tentación de la represión a los universitarios.

Una historia de éxito de un movimiento estudiantil que si bien detuvo la reforma de Jorge Carpizo hace 30 años, el paso de los años lo rebasó y no pudo evitar la transformación de una institución hacia las reglas que soñó Carpizo y que el trabajo de cuatro rectores han transformado poco a poco en una realidad.

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