Santos, un líder admirado en el extranjero al que en casa le dan la espalda

7/10/2016

El presidente de Colombia, exministro de Defensa, ha apostado todo su capital político al acuerdo de paz.

Juan Manuel Santos (Bogotá, 1951) apenas llevaba tres días de presidente cuando recibió en la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, en el caribe Colombiano, al entonces mandatario venezolano, Hugo Chávez. Aquel encuentro resultó trascendental. Santos rompía de lleno con Álvaro Uribe, la persona que le designó para sucederle, de quien fue ministro de Defensa y con quien Chávez mantenía una de las relaciones más enquistadas de la historia reciente de América Latina. Allí, en la casa donde murió Simón Bolívar, Santos transmitió un mensaje al presidente venezolano. Había iniciado unas conversaciones secretas con las FARC para negociar la paz en Colombia. Necesitaba su ayuda.

Aquella reunión tuvo dos consecuencias que aún perviven. Uribe nunca ha perdonado a Santos y Venezuela, con Chávez vivo, se convirtió en un actor esencial para la consolidación de las negociaciones con las FARC. El presidente venezolano, en más de una ocasión, intercedió con los líderes guerrilleros, muchos de ellos resguardados bajo el amparo del chavismo, en pro de la paz de Colombia. Fue uno de los primeros ases que se sacó de la manga el astuto jugador del póker que es considerado Santos, un hombre querido y reconocido en todo el mundo al que su país le da la espalda.

El presidente colombiano se ha jugado todo su capital político para lograr el mayor anhelo del país en 52 años: poner fin a una guerra con más de ocho millones de víctimas, entre los siete millones de desplazados, los más de 260.000 muertos y decenas de miles de desaparecidos. Su popularidad está, sin embargo, por los suelos. “Nunca he gobernado para las encuestas, porque si se vive pendiente de ellas no se toman decisiones”, aseguraba en una reciente entrevista con este diario. Una de esas decisiones, la convocatorio de un plebiscito si necesidad de tener que hacerlo, y su posterior rechazo, ha sumido a Colombia en la mayor incertidumbre.

Perseverar es una de las palabras a las que más recurre Santos. Siempre ha estado convencido de ello. Durante los últimos años, su Gabinete y círculo más cercano le recomendó no exponerse tanto. Desde La Habana no llegaba ninguna novedad, pero en Colombia Santos aparecía por todos lados hablando de una paz intangible. Él, que se caracteriza según los que le conocen, por escuchar mucho, “a veces demasiado”, según palabras de una colaboradora, terminaba por hacer caso omiso. Sabía que le habían reelegido para lograr esto.

Santos nunca ha comprendido el rechazo tan grande –promulgado en buena parte por Uribe- que suscita entre mucha de la élite colombiana, esa a la que él y toda su familia ha pertenecido desde hace generaciones. “No entiendo cómo mis compañeros de élite, porque yo soy miembro de los clubes más exclusivos, se dejan desinformar sobre los beneficios de la paz”, aseguraba a este periódico. No solo eso. Colombia le dio la espalda el pasado domingo. Hoy, la comunidad internacional, le vuelve a reconocer su sacrificio.

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