EPISCOPEO

16/06/2012

Acentuaciones para el actual proceso electoral
Esto que les presento hoy es parte del Mensaje de la Arquidiócesis de Durango “Ante
el actual proceso electoral”. Animamos a los fieles cristianos, iluminados por el Evangelio y la
Doctrina de la Iglesia, a participar de una manera informada, consciente y responsable de la gran
fiesta democrática para elegir el próximo primero de julio a nuestras autoridades federales.
La Democracia. La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en
que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los
gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos
oportunamente de manera pacífica. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de
grupos restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder
del Estado. Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre
la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones
necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación
en los verdaderos ideales, así como de la “subjetividad” de la sociedad mediante la creación de
estructuras de participación y de corresponsabilidad (Centesimus Annus no. 46).
Cuando no se observan estos principios, se resiente el fundamento mismo de la
convivencia política y toda la vida social se ve progresivamente comprometida, amenazada y
abocada a su disolución. Si no existe una verdad última que guíe y oriente la acción política,
entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para
fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible
o encubierto, como demuestra la historia. Así, en cualquier campo de la vida personal, familiar,
social y política, la moral ofrece un servicio original, insustituible y de enorme valor no sólo
para cada persona y para su crecimiento en el bien, sino también para la sociedad y su verdadero
desarrollo (Veritatis Splendor no. 101).
La Participación ciudadana. El deber inmediato de actuar en favor de un orden justo
en la sociedad es más bien propio de los fieles laicos. Como ciudadanos del Estado, están
llamados a participar en primera persona en la vida pública. Por tanto, no pueden eximirse de la
multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada
a promover orgánica e institucionalmente el bien común. La misión de los fieles laicos es, por
tanto, configurar rectamente la vida social, respetando su legítima autonomía y cooperando con
los otros ciudadanos según las respectivas competencias y bajo su propia responsabilidad.
Es impensable la participación si no se conocen los problemas de la comunidad política,
de los datos de hecho y de las varias propuestas de solución. En este sentido estamos obligados a
conocer a los candidatos, en particular a conocer sus ideas y su proyecto de nación.
El cristiano tiene la obligación de participar en la búsqueda del modelo político más
adecuado en la organización y en la vida política de su comunidad. Apoyando este empeño en un
proyecto de sociedad coherente a su concepción del ser humano, que expresen sus convicciones
acerca de la naturaleza, origen y fin del hombre y de la sociedad.
Los partidos políticos y candidatos. Los partidos políticos tienen la tarea de favorecer
una amplia participación y el acceso de todos a las responsabilidades públicas. Los partidos
están llamados a interpretar las aspiraciones de la sociedad civil orientándolas al bien común,
ofreciendo a los ciudadanos la posibilidad efectiva de concurrir a la formación de las opciones
políticas. De los partidos políticos y de sus candidatos queremos escuchar propuestas de
gobierno y de reformas legislativas orientadas a superar nuestros principales problemas,
que son muchos.
Fortalecimiento del Estado de Derecho y de las Instituciones. Fortalecer al Estado en
base a principios éticos es la mejor plataforma social sobre la cual es realizable el compromiso
con una cultura de la no-violencia y de respeto a toda vida, una cultura de la solidaridad y con un
orden económico justo.
Apreciamos una real división de poderes en el Estado: es preferible que un poder esté

equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia, que lo mantengan en su justo límite.
Este el principio del “Estado de Derecho”, en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria
de los hombres.
Todo lo que atañe a la comunidad de los hombres (situaciones y problemas
relacionados con la justicia, la libertad, el desarrollo, las relaciones entre los pueblos, la paz), no
es ajeno a la evangelización; ésta no sería completa si no tuviese en cuenta la mutua conexión
que se presenta constantemente entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social del
hombre. Cuando la Iglesia anuncia su doctrina social, anuncia a Dios y su misterio de salvación
en Cristo a todo hombre y revela al hombre a sí mismo. Es éste un ministerio que procede, no
sólo del anuncio, sino también del testimonio.
Por eso una vez más nos remitimos a los principios y valores de la doctrina de la
Iglesia. Para la consolidación democrática se requiere una reflexión profunda sobre la Paz, la
cual no podrá conseguirse sin un verdadero Desarrollo y la Participación ciudadana de nuestros
pueblos, generando un compromiso fraterno y solidario entre todos los mexicanos.

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