La discriminación de la mujer y sus causas

22/07/2012

Numerosas investigaciones y estudios, con diferentes enfoques, se han realizado sobre este tema, la Iglesia católica también los ha hecho. Transcribo una presentación que expone la “Guía para la enseñanza de la doctrina social de la Iglesia en la Universidad” del CELAM (Conferencia del Episcopado Latinoamericano), sobre este tema.

La Comisión Económica de Naciones Unidas para América Latina (CEPAL) en el Informe “Del dicho al hecho” (2009) señala que en los últimos 10 años ha habido avances en el reconocimiento de los derechos de la mujer. Sin embargo, las autoridades, jueces incluidos, no aplican esas normas y el maltrato, el abuso y la discriminación no han retrocedido. Esta realidad convive con otra: en América Latina nueve mujeres han al­canzado la presidencia de su país. Por otra parte, los países con ayudas a la familia han disminuido los índices de pobreza extrema y han mejorado la salud y educación de la infancia.

El Continente sigue siendo la región con mayores desigualdades y peligros para las mujeres (maltrato, abusos sexuales en el entorno familiar, mortalidad maternal y abortos). En el mejor de los casos, una de cada 10 mujeres de América Latina sufre violencia física. La tasa global de fecundidad bajó de 5,9 hijos en los años 50 a 2,4 en el primer lustro del nuevo siglo, pero el embarazo de las adolescentes ha duplicado su aporte a la fecundidad total. En resumen: la pobreza tiene rostro de mujer.

El genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social. La persis­tencia de muchas formas de discriminación ofenden la dignidad y vocación de la mujer en la esfera del trabajo (Juan Pablo II, Carta a las mujeres 804). Estas dificultades no han sido superadas. Entre otros campos, la urgencia de un efectivo reconocimiento de los derechos de la mujer en el trabajo se advierte especialmente en los aspectos de retribución, la seguridad y la previsión social.

La discriminación consiste en la pretendida superioridad del varón (dimensión patriarcal y machista) y el desprecio a la mujer en las relaciones interpersonales y en su traducción en el ámbito político, económico, social y religioso. Las causas objetivas se residencian en la persistencia de prejuicios transmitidos a través de la educación familiar y escolar, en la falta de asunción de esa igualdad por parte de hombres y mujeres, en la falta de protección a la vida familiar y a la maternidad y en la explotación a través del tráfico de personas y las redes de prostitución. En el origen de la discriminación late una cultura que no tiene asumida la dignidad de la persona y singularmente de la mujer, un componente cultural machista inaceptable y una cierta tendencia a la dependencia por parte de la mujer que no ha asumido su papel como igual (y diferente) en la sociedad. A ello se suma la división sexista del trabajo y estereotipos en los medios de comunica­ción y en la publicidad.

La Exhortación Apostólica Ecclesia in América denuncia la feminización de la pobreza, la discriminación, el abuso sexual y la prepotencia masculina. Igualmente se deplora la esterilización, a veces pro­gramada, de las mujeres pobres, así como la falta de apoyo a la familia, la protección de la maternidad y el respeto a la dignidad de las mujeres. (N° 45). Una forma de agresión es el aborto, especialmente cuando es impuesto por el hombre. Es necesario prestar mayor atención pastoral al papel de los hombres como maridos y padres, así como a la responsabilidad que comparten con sus esposas (N° 46). Otras discrimina­ciones: el acoso sexual; las desigualdades en la esfera del trabajo, de la política y de la economía; la explotación publicitaria por los medios de comunicación social, que las tratan como objeto, o las dificultades de conciliar la vida laboral con las responsabilidades familiares, o con la maternidad. Algunos grupos par­ticulares de mujeres padecen especial discriminación: las esposas sin hijos, las viudas, las separadas, las divorciadas y las madres solteras.

Como signo de los tiempos, “ha llegado la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora” (Mensaje del Concilio a las mujeres del 8 diciembre de 1965). Supone un auténtico “rejuvene­cimiento de la Iglesia”. El documento de Aparecida 454, urge a escuchar el clamor silenciado de las mujeres sometidas a la exclusión y a la violencia. Entre ellas, el de las mujeres pobres, indígenas y afroamericanas. Urge que todas puedan participar plenamente en la vida eclesial, familiar, cultural, social y económica. Ellas ha sido durante siglos “el ángel custodio del alma cristiana del Continente. El Concilio Vaticano II señalaba la emancipación de la mujer como signo de los tiempos y apunta a las dificultades debi­das “a las nuevas relaciones sociales entre los dos sexos” (Gaudium et spes 8) desde la igualdad, la reciprocidad y la diferencia. La mujer no tolera que se la trate como un mero instrumento; exige en el ámbito de la vida doméstica y de la pública todos los derechos y obligaciones.

Esta realidad es aún más alarmante en nuestro país y en nuestro Estado de Durango. “La violencia contra las mujeres en Durango es alarmante porque según datos oficiales la tasa de defunciones se duplicó tan sólo en el año 2009 cuando se reportó 6.72 homicidios por cada 100 mil habitantes”, así se podrá decir de la realidad de la mujer en la educación,  en el trabajo, etc.

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