La falta de apoyo popular fuerza un giro en el proceso de paz en Colombia

14/07/2015

Santos pone por primera vez un límite, en cuatro meses, para decidir si sigue negociando

El creciente desencanto de la opinión pública colombiana ante el proceso de paz ha obligado al Gobierno y a las FARC a dar, en apenas de 10 días, un golpe de timón a las negociaciones. Hasta el punto de que el presidente, Juan Manuel Santos, ha fijado por primera vez en casi tres años una fecha límite para decidir si sigue o no adelante con los diálogos. Será dentro de cuatro meses, el tiempo que ambas partes se han otorgado para evaluar los resultados del desescalamiento del conflicto acordado este domingo en La Habana y ver si logran avances, especialmente en materia de justicia. “Dependiendo de si las FARC cumplen, tomaré la decisión de si seguimos con el proceso o no”, sentenció Santos.

Hasta ahora, lo que ocurría en Colombia apenas afectaba a los diálogos en La Habana. Ese tiempo ya pasó. Que los partidarios de la salida negociada sean los mismos que los de una solución militar, como apuntó una encuesta del 2 de julio, y que junio fuese el mes más violento desde que se inició el proceso, ha urgido al Gobierno y a la guerrilla a acelerarlo. De ahí que concluyeran el domingo agilizar las negociaciones para poner fin a un conflicto de más de 50 años y con cerca de siete millones de víctimas. Ambas partes afirmaron que van a “acordar sin demoras” los términos para alcanzar un cese al fuego bilateral y definitivo incluso antes de la firma de la paz, como estaba estipulado en un principio. Este contaría con la participación de un delegado de la ONU y otro de Uruguay, que ocupa la presidencia temporal de Unasur. Montevideo ha propuesto al exministro de Defensa José Bayardi, un hombre cercano al presidente Tabaré Váquez.

Mientras se alcanza esa tregua definitiva, ambas partes se han puesto de acuerdo en rebajar la intensidad del conflicto, la medida que tiene más efecto en la población al ser la más tangible. Las FARC anunciaron la semana pasada una tregua unilateral, a partir del 20 de julio, durante un mes, que prolongarán finalmente a cuatro. El Gobierno, como respuesta al gesto de la guerrilla, aseguró que adoptará medidas de desescalamiento, aunque no ha precisado aún cuáles serán.

“Nuestras fuerzas armadas están listas para un gradual desescalamiento, si las FARC cumplen. Si no cumplen, estarán listas para enfrentarlas, con la determinación y contundencia con que siempre lo han hecho”, advirtió Santos, en línea con el jefe negociador en La Habana, Humberto de la Calle. “No vamos a repetir experiencias fallidas. No vamos simplemente a paralizar la acción de la fuerza pública por la simple ilusión, que puede resultar frustrada, de lograr un acuerdo”, recalcó el jefe negociador. Tras la última tregua de las FARC, que duró cinco meses, el Gobierno decidió en marzo suspender los bombardeos contra la guerrilla, decisión que levantó tras la muerte de 11 militares en abril.

Ambas partes confían en que esta rebaja de la intensidad del conflicto propicie un clima adecuado para abordar el tema de la justicia, el que marcará el desenlace del proceso. “Lo que falta es el tema más complejo, que es el de cómo lograr el máximo de justicia que nos permita la paz. Este es el punto que va a definir si hay o no paz, y tenemos que superarlo. Ese es el reto. Si llegamos a un acuerdo sobre ese aspecto de la justicia, podremos decir, sin lugar a dudas, que estamos al otro lado”, recalcó Santos.

El giro en las negociaciones ha ido acompañado de un cambio en la política comunicativa del Gobierno. Del hermetismo casi total se ha pasado, en una semana, a la omnipresencia, tanto de los negociadores como, sobre todo, del presidente, tratando de ejercer pedagogía del proceso. Del discurso más catastrofista de De la Calle, que aseguró que cualquier día las FARC no les encontrarían en la mesa de negociaciones, se ha virado al “con estos nuevos avances, por fin veo clara la luz al final del túnel”, pronunciado por Santos en su discurso a la nación del domingo. Quizás sea una frase del presidente, en una entrevista este fin de semana con el diario El Colombiano, la que mejor defina la vorágine actual: “Nunca está la noche más oscura que antes de amanecer”.

El País

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