La Iglesia, Familia del Padre, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu

2/06/2012

La Iglesia celebra esta semana el VII Encuentro Mundial de las Familias en Milán, Italia, con la presencia del Papa Benedicto XVI. El tema “La familia, el trabajo y la fiesta”. A su llegada, el Santo Padre, llamó a “volver a descubrir a la familia como un patrimonio de la humanidad, coeficiente y signo de una verdadera y estable cultura a favor del hombre”.

A los jóvenes reunidos en el estadio de fut-bol San Siro les dijo: “En familia, obedeced a los padres, escuchad las indicaciones que os dan, para crecer, como Jesús, ‘en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres’… no seáis perezosos, sino chicos y jóvenes comprometidos, en particular en el estudio: es vuestro deber cotidiano y una gran oportunidad que tenéis para crecer y preparar el futuro. Sed disponibles y generosos con los demás, venciendo la tentación de poneros a vosotros mismos en el centro, porque el egoísmo es enemigo de la verdadera alegría”.

Del miércoles a viernes se desarrolló el Congreso Teológico Pastoral con ponencias, mesas redondas y testimonios, todas refiriéndose a la familia.

El Cardenal Ennio Antonelli presidente del Pontificio Consejo para la Familia, nos comparte:   ¿Qué valor tiene hoy la familia para la sociedad? La familia normal, fundada sobre el matrimonio de un hombre y una mujer, abierta a la procreación y a la educación de los hijos, responde a las aspiraciones profundas de la persona y a las necesidades de la sociedad, también en el tercer milenio. En las investigaciones sociológicas se ve con evidencia que la familia, comparada con otras formas de convivencia, ofrece ventajas mucho más relevantes tanto para la persona como para la sociedad: salud psíquica y física, bienestar económico, una actitud solidaria, confianza, laboriosidad y otras virtudes sociales indispensables para la cohesión y el desarrollo. La sociedad, la política y la economía deben apoyar e incentivar a la familia para que pueda cumplir su misión en interés de toda la sociedad.

El domingo después de pentecostés se dedica a la Santísima Trinidad. Es el lugar más apropiado del año litúrgico para esta celebración. Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la jerarquía de las verdades de fe. Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos.”

No se puede comprender el misterio de Jesús de Nazaret sin encuadrarlo en el misterio de la Trinidad. De la misma manera, la Iglesia se apoya en el misterio de la Trinidad como sobre el único fundamento de su existencia.

La Iglesia es la Familia del Padre. Ella es la que reúne en torno al Hijo único a los hijos adoptivos del Padre, que realmente están divinizados, por su unión viva con el Hijo Unigénito. Todos los hijos de la familia participan de la misma vida y de la misma herencia. El hombre se ve colmado por encima de toda esperanza, cuando por medio del Hijo tiene acceso al Padre.

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. La conexión viva que existe entre los hijos adoptivos y el Hijo Unigénito del Padre está representada por la relación humana que existe entre el Cristo glorioso y los miembros de su Cuerpo. No hay más camino de acceso al Padre que la humanidad gloriosa del Hijo. Los hombres, incorporados a Cristo en la Iglesia, pueden emprender a su vez el camino de obediencia, hasta morir en la cruz, sacrificio que es siempre agradable al Padre, como el de Cristo.

La Iglesia es Templo del Espíritu, su tierra de elección. El Espíritu realiza plenamente su obra allí donde existe un diálogo perfecto entre Dios y los hombres. Como Cristo es el único mediador de este encuentro perfecto, el Espíritu del Padre no vive totalmente más que en Cristo. El es su Espíritu. Pero, al mismo tiempo, anima a la Iglesia de una manera también perfecta, porque la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. La acción del Espíritu expresa toda la solicitud bondadosa del Padre para con los hombres. El Espíritu vivifica, santifica, unifica. Pero también por ser Espíritu de Cristo está presente en el corazón del cristiano y le hace exclamar: “Padre”.

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