Los sacerdotes hacen presente la acción transformadora de la Iglesia en la vida social

20/02/2011

En esta Quinta Etapa de la Misión Diocesana “La Iniciación Cristiana”, es necesario reflexionar constantemente sobre el papel de los sacerdotes, especialmente sobre su identidad misionera, ya que de ellos depende, en gran parte, que se pueda llevar a cabo esta renovación de nuestra pastoral por el camino de la “Iniciación cristiana”.

“La Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (Ad Gentes, 2, Concilio Vaticano II). La misión de la Iglesia “la ha recibido de Jesucristo con el don del Espíritu Santo. Es única y ha sido confiada a todos los miembros del pueblo de Dios, que han sido hechos partícipes del sacerdocio de Cristo mediante los sacramentos de la iniciación, con el fin de ofrecer a Dios un sacrificio espiritual y testimoniar a Cristo ante los hombres. Esta misión se extiende a todos los hombres, a todas las culturas, a todos los lugares y a todos los tiempos” (Congregación para el Clero, “La identidad misionera del presbítero en la Iglesia”).

En esta misión, los presbíteros, como los colaboradores más inmediatos de los Obispos, conservan ciertamente un papel central y absolutamente insustituible, que les ha sido confiado por la providencia de Dios. Por su naturaleza, la Iglesia está llamada a anunciar la persona de Jesucristo muerto y resucitado, a dirigirse a toda la humanidad, según el mandato recibido del mismo Señor: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).

Para realizar esta misión, la Iglesia recibe el Espíritu Santo, enviado por el Padre y por el Hijo en Pentecostés. El Espíritu confirma y manifiesta la comunión de los discípulos como nueva creación, como comunidad de salvación escatológica y los envía en misión: “Seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra” (Hech. 1,8). El Espíritu Santo impulsa la Iglesia naciente a la misión en todo el mundo, demostrando de esta forma que Él ha sido derramado sobre todos.

Ante las situaciones que vivimos en el mundo, en México, en nuestra Arquidiócesis de Durango, urge que renovemos este aspecto misionero de la Iglesia, esto nos debe llevar a una renovación de la practica pastoral en nuestra Arquidiócesis, de buscar caminos nuevos, “nuevos modos de llevar el Evangelio al mundo actual”, una nueva manera de organizar el proceso de la Iniciación Cristiana. Es insustituible el papel de los sacerdotes en la actividad misionera, sobre todo cuando hay que  evangelizar a los bautizados “que se han alejado” y a todos aquellos que, en las parroquias y en las diócesis, poco o nada conocen de Jesucristo.

En virtud del sacramento del Orden, los presbíteros son consagrados, es decir, segregados “del mundo” y entregados “al Dios viviente”, tomados “como su propiedad, para que, partiendo de Él, puedan realizar el servicio sacerdotal por el mundo”, para predicar el Evangelio, ser pastores de los fieles y celebrar el culto divino, como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento (cf. Hb 5,1). El decreto Presbyterorum Ordinis (4-6), sobre el ministerio y la vida sacerdotal, se refiere a los presbíteros como ministros de la palabra de Dios, ministros de la santificación con los sacramentos y la eucaristía, y guías y educadores del pueblo de Dios.

Este triple ministerio ejercido por los sacerdotes, no se puede concebir sin su esencial relación con la persona de Cristo y con el don del Espíritu. El presbítero está configurado a Cristo mediante el don del Espíritu recibido en la ordenación. El presbítero está en relación con la persona de Cristo, y no solamente con sus funciones, que brotan y reciben pleno sentido de la persona misma del Señor. Esto significa que el sacerdote encuentra la especificidad de la propia vida y de su vocación viviendo la propia configuración personal con Cristo; siempre es un alter Christus.

En nuestra Arquidiócesis, en la vida cotidiana de nuestras comunidades, en la ciudad, en el campo, en la sierra, en el llano, en las comunidades más lejanas, la presencia de los sacerdotes es fundamental y necesaria ya que su ministerio, su persona, hacen presente la acción transformadora de la Iglesia en la vida de la sociedad. Allí, ellos predican la Palabra de Dios, evangelizan, catequizan, exponiendo íntegra y fielmente la sagrada doctrina; ayudan a los fieles a leer y a comprender la Biblia; reúnen al Pueblo de Dios para celebrar la Eucaristía y los demás sacramentos; promueven otras formas de oración comunitaria y devocional; reciben a quien busca apoyo, consuelo, luz, fe, reconciliación y acercamiento a Dios; convocan y presiden encuentros de la comunidad para estudiar, elaborar y poner en práctica los planes pastorales; orientan y estimulan a la comunidad en el ejercicio de la caridad hacia los pobres en el espíritu y en las condiciones económicas; promueven la justicia social, los derechos humanos, la igual dignidad de todos los hombres, la auténtica libertad, la colaboración fraterna y la paz, según los principios de la doctrina social de la Iglesia. Son ellos quienes, como colaboradores de los Obispos, tienen la responsabilidad pastoral inmediata.

Le damos gracias a Dios por la presencia de los sacerdotes en nuestras comunidades, la mayoría de ellos, son entregados, sinceros, trabajadores, fieles en el ministerio que les ha sido confiado.

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